El retiro de la chapa de Honor Colorado de la pulseada interna colorada abre un panorama de reacomodos dentro de la principal fuerza política del país, y la carrera por quién hereda el espacio poder ejercido por el movimiento desde el 2010 en adelante.
Podríamos decir que es una oportunidad para el surgimiento de nuevos liderazgos, más independientes y no tan permeables a los mandatos ejercidos desde un centro de poder con marcada presencia en prácticamente todos los estamentos del Estado.
La concentración de poder por esencia es perniciosa para cualquier democracia. Más aún si viene marcada por sesgos excluyentes, en el que la premisa “la mayoría manda” se aplica a rajatabla, y se relega la búsqueda de consenso.
A un paso de unas elecciones generales en las que los paraguayos votaremos por quienes conducirán el país durante los próximos cinco años, observamos una lucha sorda entre los distintos referentes por quién se acomoda sobre la cresta de la ola.
Una carrera donde no necesariamente un proyecto país es la meta, sino el objetivo es asegurar y mantener los espacios de privilegio. Una lucha de poder por el poder mismo, prescindente de propuestas para los muchos problemas que enfrentamos como sociedad: inseguridad, pobreza, exclusión, salud, educación.
Cuando la puja es por mantener privilegios, ganar posiciones, mantener el poder por el poder mismo, pierde la democracia. Y acaso el mayor peligro que corren las democracias es que la sociedad pierda su confianza en el modelo democrático como fórmula para la búsqueda del bien común.
Ya lo dijo el filósofo y político romano, Cicerón, hace más de 2.000 años, y la sentencia sigue vigente, cuando los magistrados actúan en beneficio propio, la sociedad pierde la fe en las reglas del juego.
Alguien dijo una vez que el cambio que necesita nuestro país necesariamente deberá operarse desde el partido colorado por la sencilla razón de que es la única fuerza política con la musculatura, con la espalda suficiente para soportar el proceso.
Tal vez sea una apreciación exagerada, pero podríamos creer que esta coyuntura es una posibilidad para el surgimiento de nuevos liderazgos que impulsen esos que el país necesita. Líderes con vocación de servicio y no apegados al antiguo y extendido vicio de servirse de la cosa pública.
Necesitamos líderes que cambien el modelo del clientelismo político por el del compromiso ciudadano con un destino común. Que entiendan que primero está la patria, después el partido. Patriotas dispuestos a construir una nación con ciudadanos dignos, orgullosos de su presente, y miren el futuro con esperanza.


