El otro día, mientras esperaba mi turno en la carnicería del supermercado, escuché a un señor resolver tres problemas nacionales en menos de cinco minutos. Empezó cuestionando el precio de la carne, siguió explicando cómo terminar con la inseguridad y acabó dando instrucciones para que la selección paraguaya vuelva a ganar. El carnicero asentía mientras pesaba unas costillas y yo pensaba que, si la fila avanzaba un poco más despacio, aquel hombre también nos solucionaba Itaipú, el transporte público y la educación. Lo admirable no era cuánto sabía. Era la tranquilidad con la que desconocía casi todo.
El personaje no es nuevo. Todos tenemos uno en la familia, en el grupo de WhatsApp o en la ronda de tereré. Antes sus certezas duraban lo que tardaba en acabarse el hielo. Hoy algunos consiguieron micrófono y cámara para dictar sentencia. La ignorancia siempre fue atrevida; la novedad es que ahora también tiene departamento de prensa. Y lo más curioso es que cuanto menos saben de un asunto, menos dudas tienen. Un médico estudia la salud, un economista revisa cifras, un docente conoce el aula. Nuestro experto, en cambio, se levanta, mira dos titulares y ya está listo para corregirlos a todos. Estudiar, para él, es perder un tiempo precioso que podría dedicar a explicar.
Pero el verdadero problema no es no saber. Nadie está obligado a entender de todo, y reconocerlo suele ser una señal de inteligencia. El problema es esa soberbia que convierte la falta de información en autoridad moral. Hay quienes no preguntan porque temen encontrar una respuesta que les arruine la indignación. Si un dato contradice su teoría, sospechan del dato. Si una institución explica, desconfían de la explicación. Si algo se corrige, aseguran que es prueba de que estaba mal. Su razonamiento es perfecto: siempre llegan a la misma conclusión porque la eligieron antes de empezar. La realidad, pobrecita, tiene la mala costumbre de no colaborar.
Y hay un negocio especialmente rentable para esta fauna: anunciar catástrofes. El país está por hundirse, todo va a estallar, mañana será peor. Nunca aclaran qué hacer, cuánto costaría ni de dónde saldrían las soluciones. Eso ya sería entrar en detalles, y los detalles son enemigos naturales del humo. Lo preocupante es cuando el grito pretende reemplazar al análisis y una sospecha empieza a circular disfrazada de hecho. Preguntar e investigar son obligaciones del periodismo; sembrar miedo sin pruebas no es valentía, aunque venga en letras enormes. La diferencia importa porque del otro lado hay personas que trabajan, ahorran, educan a sus hijos y deciden con lo que escuchan y leen.
Cuando finalmente llegó mi turno, el hombre seguía explicando cómo salvar al Paraguay. Pedí lo que necesitaba, agradecí al carnicero y seguí con mis compras. Me fui con una certeza bastante menos ambiciosa: no necesitamos gente que sepa de todo. Necesitamos más gente capaz de decir “no sé”, preguntar y escuchar. Al experto del supermercado lo salva que sus pronósticos probablemente se olviden antes del almuerzo. A los que convierten esa misma soberbia en oficio habría que exigirles algo más. Por lo menos, que no confundan el volumen de su voz con el peso de sus argumentos. Y que, de vez en cuando, antes de anunciar el fin del mundo, se tomen la molestia de conocerlo.


