¿Puede escuchar mi historia señor?

Mariano Nin.

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Crecida del río

Cuando era adolescente estudiaba en el Colegio Comercio 1 y tenía muchos compañeros que eran del barrio Ricardo Brugada. Recuerdo que cuando venían venir el agua se preguntaban: ¿hasta dónde va a subir el río? Y en el mismo momento podía ver a sus padres haciendo otra pregunta que solo se notaba en sus miradas: ¿hasta dónde tendremos que subir? Pero esta historia no se trata solo de La Chacarita.

En 1983, Paraguay conoció una tragedia difícil de olvidar. El río Paraguay creció hasta convertir calles en cauces, casas en islas y barrios enteros en recuerdos suspendidos en el agua.

En Pilar, las defensas cedieron y la inundación dejó una marca que el tiempo no consiguió borrar del todo. Quienes vivieron aquellos días todavía pueden contar dónde estaban, qué salvaron y qué tuvieron que abandonar.

Yo era casi un niño, pero entendí que la crecida no se mide en las marcas que deja el agua en la pared, se mide en colchones que alguien lleva sobre sus hombros, en documentos guardados dentro de una bolsa de plástico, en animales que deben ser trasladados y familias que, una vez más, cargan sus pertenencias sin saber cuándo podrán regresar.

Hoy, más de cuatro décadas después, los pronósticos vuelven a encender una alarma.

El fenómeno El Niño trajo consigo lluvias intensas… y, una vez más, inundaciones.

Las autoridades advierten sobre la posibilidad de niveles extraordinarios, mientras el Paraguay y el Paraná comienzan a recordarles a miles de personas que la naturaleza tiene sus propios tiempos y que no siempre coinciden con los nuestros.

En los bañados de Asunción, la preocupación tiene nombre, dirección y rostro, muchos rostros. No es una estadística ni una línea en un informe técnico. Es la familia que mira el patio y calcula cuántos días le quedan antes de que el agua entre a la casa, la madre que piensa dónde llevará a sus hijos, el trabajador que se pregunta cómo seguirá ganándose la vida si debe abandonar su vivienda.

Para quienes viven lejos de los ríos, una crecida puede parecer una noticia en la televisión, acompañada de imágenes espectaculares y cifras que cambian todos los días.

Para quienes viven en las zonas vulnerables, en cambio, cada centímetro tiene un significado. El agua no solo amenaza sus pertenencias; amenaza una forma de vida construida durante años, muchas veces en condiciones de pobreza y abandono.

Comparar lo que viene con la inundación de 1983 puede ayudarnos a dimensionar el riesgo, no que la tragedia se va a volver a repetir.

Los pronósticos advierten probabilidades, no escriben el futuro. La evolución de las lluvias y los niveles de los ríos determinarán la magnitud de lo que ocurra.

Precisamente por eso, la prevención debe comenzar antes de que el agua llegue a las puertas.

Hoy recuerdo a mis compañeros de entonces. Recuerdo sus miradas, sus silencios y la tristeza de quienes sabían que, al salir del colegio, tal vez tendrían que abandonar sus casas.

Yo vi venir el agua, los vi llorar en silencio en la clase y los vi marcharse cargando lo poco que tenían.

Cuando escucho hablar de una posible crecida histórica, no pienso solamente en los niveles del río ni en los números de los informes. Pienso en aquellos muchachos y me pregunto cuántas familias volverán a vivir la misma angustia.

Y si pudiera volver a encontrarme con alguno de aquellos compañeros, quisiera preguntarle si recuerda aquellos días como yo, si todavía siente ese miedo cuando escucha que el río está creciendo. Y si alguna vez alguien le pidió perdón por haber tenido que empezar de nuevo tantas veces.

Al final, el agua puede llevarse las paredes, los muebles y los recuerdos que guardamos en casa. Lo que no debería llevarse es nuestra capacidad de aprender, de prevenir y de exigir que la próxima crecida no encuentre al país mirando el río con la misma impotencia de siempre.

Pero esa… es otra historia.

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