Hay una pregunta que deberíamos hacernos antes de hablar de política, economía: ¿Estoy intentando comprender lo que ocurre o buscando argumentos para sostener lo que ya creo? La diferencia es sutil, pero cambia el valor de lo que decimos y las decisiones que tomamos.
Opinar es expresar un juicio, una preferencia o una valoración. Analizar exige examinar evidencias, relacionar hechos, comparar explicaciones y reconocer límites. Una opinión puede estar fundamentada y un análisis puede estar equivocado. Lo que distingue al segundo es que permite revisar cómo llegó a su conclusión. Decir “esto es malo” expresa una valoración; explicar para quién, por qué y con qué pruebas obliga a trabajar.
En inteligencia artificial y periodismo, Santiago Tejedor recoge una concepción del pensamiento crítico que incluye evaluar razonamientos, mantener apertura y autorregularse. Esa capacidad es decisiva: observar cómo pensamos mientras pensamos. También nosotros seleccionamos datos, omitimos contexto y sentimos simpatías que pueden orientar nuestras conclusiones.
El problema aparece cuando la conclusión llega primero y las pruebas se buscan después. Si aceptamos sin revisar lo que favorece a nuestro sector, pero exigimos demostraciones extraordinarias a quien lo cuestiona, estamos aplicando dos medidas. Podemos sonar inteligentes y estar construyendo una defensa. La seguridad al hablar no garantiza que hayamos entendido.
¿Cómo reconocerlo? Preguntándonos qué sabemos, qué suponemos y qué estamos valorando. ¿De dónde sale el dato? ¿Qué información falta? ¿Existe otra explicación? ¿Qué evidencia me haría cambiar de parecer? Si ninguna respuesta podría modificar nuestra posición, conviene admitir que estamos defendiendo una convicción, no sometiéndola a examen.
Hablar también permite descubrir vacíos. Cuando intentamos explicar una idea con palabras propias, podemos advertir que repetíamos una frase sin comprender su mecanismo. Un discurso fluido puede ocultar un salto entre los hechos y la conclusión. Que dos cosas ocurran juntas no demuestra que una provoque la otra; que una historia emocione tampoco la convierte en prueba.
En Paraguay necesitamos esa disciplina en la prensa, la política y la conversación cotidiana. Una acusación exige pruebas; una propuesta, explicar sus efectos. El resultado de pensar mejor debería verse en argumentos más claros, decisiones revisables y menos certezas prestadas. La democracia necesita ciudadanos capaces de discutir y corregirse. Reconocer “no sé” o “me equivoqué” aporta más que ganar una discusión.


