El país que no espera

Pablo Noé.

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A las seis de la mañana, una mujer levanta la persiana de su pequeño negocio. Antes de acomodar la mercadería, revisa el cuaderno donde anota lo que debe cobrar y lo que todavía no pudo pagar. En la radio hablan de candidaturas, alianzas y movimientos dentro de los partidos.

Ella escucha a medias. Está calculando cuánto necesita vender para comprar los medicamentos de su madre y completar la cuota del colegio de su hijo. Cuando entra el primer cliente, baja el volumen. Su jornada ya empezó, aunque la política siga discutiendo cómo será el país dentro de dos años.

La escena podría repetirse en cualquier barrio del Paraguay. Cambian los oficios, pero se parecen las preocupaciones. El albañil que espera que no llueva para poder cobrar el jornal. La madre que madruga para conseguir un turno médico.

El estudiante que viaja horas para llegar a clase. La familia que vuelve a mirar el presupuesto porque subieron los gastos o apareció una enfermedad. El vecino que apura el paso al regresar de noche por temor a un asalto. Para todos ellos, la agenda nacional no se reduce al precio de los alimentos, aunque llegar a fin de mes sea una batalla frecuente.

También incluye la atención en un hospital, la calidad de la escuela, la seguridad del barrio, el transporte que llega tarde y los servicios que deberían funcionar sin convertirse en una odisea. Son asuntos que no pueden esperar a que termine una interna partidaria.

Las cifras de empleo muestran una parte de ese país en movimiento: millones de paraguayos tienen una ocupación, pero una proporción importante trabaja en la informalidad. Tener trabajo no siempre equivale a tener estabilidad, protección o ingresos suficientes.

Para quien vive de las ventas del día o de una changa, dejar de producir puede significar quedarse sin dinero para la mesa de mañana. Y aun entre quienes reciben un sueldo, las cuentas pueden exigir malabares. Conviene recordar esto cuando el debate público parece girar exclusivamente alrededor de nombres, encuestas y acuerdos.

La política tiene derecho a organizarse y competir; de hecho, una democracia necesita partidos, proyectos y elecciones. Pero también necesita que esa competencia no se confunda con el centro de la vida nacional. Las candidaturas son instrumentos para gobernar, no una respuesta en sí mismas a los problemas de la gente.

Sería injusto desconocer los avances que existen, como también sería ingenuo creer que el esfuerzo individual alcanza para resolverlo todo. Una persona puede trabajar desde antes del amanecer y seguir necesitando un hospital que atienda, una escuela que enseñe y una calle por la que se pueda volver a casa sin miedo.

Allí aparece la responsabilidad de las instituciones: crear condiciones para que el trabajo rinda, los servicios respondan y las oportunidades no dependan de la suerte. La discusión política cobra sentido cuando se traduce en esas mejoras concretas.

Mientras tanto, al caer la tarde, la mujer del pequeño negocio vuelve a abrir su cuaderno. Cuenta lo vendido, separa lo que debe pagar y deja algo reservado para los medicamentos. La radio sigue hablando de alianzas. Ella apaga la luz y baja la persiana. Mañana tendrá que levantarla otra vez. El país no espera.

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