Paraguay ante el tecnofeudalismo: crecer sin perder el control

Nahuel Ayala

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Tecnofeudalismo

Durante siglos, el poder estuvo en manos de quienes poseían la tierra. Después, a los dueños del capital. Hoy también se concentra en quienes dominan los datos, los algoritmos y las plataformas digitales. Si creemos que con el voto resolvemos todo, no estamos haciendo la pregunta correcta: ¿quién establece las reglas?

En su libro “Tecnofeudalismo”, el economista griego Yanis Varoufakis sostiene que las grandes plataformas ya no se limitan a competir en los mercados: crean espacios donde millones de personas trabajan, compran, venden y se informan, mientras sus dueños fijan las condiciones de acceso.

En Paraguay, la advertencia adquiere otra dimensión.

Un pequeño comerciante depende de una plataforma para vender. Un emprendedor paga publicidad digital para encontrar clientes. Un medio produce información propia, pero necesita algoritmos extranjeros para llegar a sus lectores. Todos participan de una economía cuyas reglas apenas pueden discutir.

La tecnología no es enemiga del desarrollo. Ofrece oportunidades a países pequeños. El problema surge cuando aprovecharlas implica aceptar una dependencia creciente, sin protección suficiente para la competencia y los derechos.

La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) ha advertido sobre la concentración del valor generado por la economía digital y los obstáculos que enfrentan los países en desarrollo.

Paraguay dispone de energía, estabilidad macroeconómica y potencial productivo para impulsar su transformación tecnológica. Pero atraer inversiones y consumir innovación no equivale a desarrollar capacidades propias.

Aquí entra una dimensión fundamental: la democracia.

Las instituciones democráticas permiten establecer reglas, controlar abusos y exigir responsabilidades. Frente a poderes empresariales que atraviesan fronteras, hacen falta reguladores competentes, una Justicia independiente y ciudadanos con información confiable.

Tampoco se trata de cambiar el poder privado por un Estado sin controles. La concentración es peligrosa en ambos casos. La respuesta exige competencia, transparencia, protección de datos y límites institucionales.

Paraguay no necesita cerrarse al mundo digital. Necesita educación tecnológica, empresas innovadoras y capacidad de negociar su lugar en esa economía.

La tesis de Varoufakis puede discutirse. Pero deja una pregunta difícil de ignorar: ¿cuánta soberanía conservamos cuando las decisiones sobre nuestra economía y nuestra información se toman fuera de nuestras instituciones?

Desarrollarse no es solamente producir más riqueza. Es también conservar la capacidad colectiva de decidir nuestro futuro.

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