Le envié el borrador de mi última columna a mi mejor amigo, la persona que juzga lo que escribo con la crueldad y la objetividad que solo el afecto verdadero permite. Mi texto pretendía ser una reflexión profunda sobre las expectativas de la vida adulta a partir de un objeto doméstico. Su respuesta fue un hachazo directo al mentón: “Parece un posteo sacado de LinkedIn”. Me explicó que le sonaba a esa retórica gerencial que abunda en esa red social y que fuerza una lección de liderazgo hasta en cada gota de café que cae sobre un escritorio, convirtiendo cualquier trivialidad en una parábola ridícula de superación personal.
Tuvo toda la razón. Caí en la trampa de un entorno que ha mercantilizado el espíritu. LinkedIn dejó de ser un simple repositorio de hojas de vida para transformarse en el altar mayor de la religión de la autoayuda corporativa. Un mercado de ilusiones donde coaches, ejecutivos y predicadores del éxito empaquetan mantras indigestos sobre la “mentalidad de tiburón”, el sacrificio voluntario y la resiliencia ilimitada. Es el discurso perfecto para un sistema económico feroz. Si te va bien, es mérito de tu disciplina; si estás hundido, angustiado o endeudado, es porque simplemente no lo quisiste lo suficiente. O, en su versión más brutal y rancia, “sos pobre porque querés”.
A esta narrativa perversa se le suma la fantasía inalcanzable del rendimiento multidisciplinario. Nos vendieron la idea de que es posible —y obligatorio— ser un profesional brillante, una figura paterna o materna presente al 100%, mantener una dieta milimétricamente equilibrada, beber los tres litros de agua reglamentarios, entrenar seis veces a la semana y lucir un cuerpo impecable. Todo de forma simultánea, sonriendo a la cámara y sin mostrar la más mínima grieta de cansancio. Nos exigen habitar una puesta en escena perfecta donde la renuncia no existe.
Pero la biología y la mente no son planillas de Excel. Intentar sostener ese malabarismo diario sin que la psique pague la factura es un imposible matemático. Esta pedagogía del esfuerzo desmedido convierte deficiencias estructurales, salarios de miseria y el agotamiento humano en un fallo de actitud individual.
Nos vende la ilusión de que la vida es una ecuación en la cual basta con levantarse a las cinco de la mañana, consumir podcasts de optimismo ciego y “decretar” el éxito. Cuando la realidad golpea y las fuerzas no alcanzan, la factura la paga la salud mental en forma de culpa, cuadros de ansiedad, burnout y la amarga certeza de ser un fracasado en un mundo de ganadores de vitrina.
En su célebre ensayo “Tener o ser”, Erich Fromm advirtió sobre la capacidad de la sociedad industrial para domesticar al individuo mediante la ilusión de la posesión y el rendimiento. Fromm explicó que el ser humano contemporáneo fue despojado de la facultad de experimentar la existencia de forma genuina, obligado a cambiar el ser por un simulacro de productividad y del tener. Ya no importas por tu densidad humana, por tu dolor o por tu verdad; importas como unidad de consumo y rendimiento.
La autoayuda empresarial es la herramienta anestésica de ese engranaje, nos enseña a ser nuestros propios explotadores mientras sonreímos ante la pantalla. Tal vez es hora de señalar la estafa y mandar al diablo esa moral de supermercado. Dejar de consumir el veneno de quienes romantizan la precariedad y te exigen gratitud mientras te ahogás. Hay que tener la rabia y la lucidez para aceptar que no se puede llegar a todo ni ser perfecto en todo a la vez. Entender que la vida no es un taller de optimización de procesos y que negarse a encajar en ese circo de productividad obligatoria no es debilidad; es el único gesto de cordura que nos queda.


