Marcela me dijo: “yo siempre estoy para los demás” y se fue. Al principio no entendí bien hasta que me puse a pensar. Ella es de quienes contestan el teléfono a cualquier hora, de las que encuentran una palabra para levantar el ánimo de un amigo, de las que hacen un chiste cuando el ambiente se pone tenso y de las que, aun teniendo sus propios problemas, parecen encontrar tiempo para escuchar los ajenos.
Cuando alguien necesita ayuda, ahí está ella. Si hay que acompañar a un familiar al hospital, está. Si un amigo atraviesa una separación, perdió el trabajo o simplemente necesita hablar, está ahí.
Y al final uno termina acostumbrándose a su presencia, a su buena disposición, a esa manera de transmitir que todo va a estar bien.
Pero a veces, cuando todos se van y la oficina queda en silencio, se sienta en el escritorio sin saber explicar lo que le pasa.
¿Cómo decir que uno está cansado de tener que ser fuerte? ¿Cómo admitir que hay días en los que levantarse de la cama cuesta, que una preocupación se convierte en una montaña o que la tristeza aparece sin pedir permiso?
¿Cómo contar que, aunque uno sigue trabajando, cumpliendo horarios, atendiendo a la familia y sonriendo frente a los demás, por dentro siente que algo no está bien?
Y me pongo en su lugar porque entiendo que el miedo no es solamente al dolor.
También es al juicio de los demás, a que nos digan que exageramos, que tenemos que poner de nuestra parte, que hay gente con problemas mucho más graves o que no tenemos motivos para sentirnos así.
Y entonces pasa lo que pasa siempre: aprendemos a disimular. Decimos que estamos bien porque es más fácil que explicar lo que nos pasa.
Contestamos “todo tranqui” mientras la cabeza no deja de dar vueltas. Cambiamos de tema, hacemos una broma y seguimos adelante, como si nuestro sufrimiento fuera una forma de fracasar.
Ayer fue 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, un día en el que vale la pena detenernos un momento en esa realidad que muchas veces permanece escondida detrás de una sonrisa.
La Organización Mundial de la Salud advierte que casi una de cada ocho personas en el mundo vive con algún trastorno mental. Detrás de esa cifra hay historias, familias, compañeros de trabajo, estudiantes, padres, madres, hijos y amigos, ella… Marcela.
Personas que no siempre necesitan que alguien les resuelva la vida, pero que sí necesitan ser escuchadas sin que las juzguen.
Las estadísticas no son números para leer y olvidar. Son señales de una realidad que merece más conversación, más prevención y una respuesta que no llegue solamente cuando el dolor se vuelve insoportable.
Entonces me pregunto cuántas veces saludamos a alguien sin advertir que estaba librando una batalla que no conocíamos. Cuántas veces habremos confundido el silencio con tranquilidad, una sonrisa con felicidad o la fortaleza con la ausencia de dolor.
No podemos saber todo lo que pasa en la vida de los demás. Pero lo que si podemos hacer es evitar que alguien sienta que debe esconder su sufrimiento para ser aceptado. Nadie, absolutamente nadie, debería tener que tocar fondo para que alguien se dé cuenta de que necesita ayuda.
En un mundo donde todos parecemos tener prisa por seguir adelante, quizás la mejor manera de cuidar la vida sea aprender a detenernos un momento para escuchar la de los demás.
Y si hoy Marcela vuelve a decirte que siempre está para todos, no te olvides de preguntarle quién está para ella.
Pero seguro esa… es otra historia.


