Hoy se repetirán los rituales conocidos de cada elección. Alguno se levantará temprano para evitar la fila, otro irá después del almuerzo, habrá quien revise dónde le toca votar y quien se cruce con vecinos que solo ve en jornadas como esta. En las escuelas habrá movimiento, saludos, apoderados y ciudadanos con esa sensación de haber cumplido con algo importante. Y lo habrán hecho. Votar importa. Mucho. Es uno de los actos más sencillos y poderosos de una democracia: durante unos minutos, todos valemos exactamente lo mismo.
El problema empieza cuando creemos que con eso alcanza. Nos hemos acostumbrado a vivir la democracia con intensidad en tiempo electoral. Seguimos internas, alianzas, candidaturas, encuestas, peleas y acuerdos. Después llega el conteo, aparecen ganadores y perdedores y, lentamente, volvemos a casa. Y muchas veces también dejamos de mirar la vida pública de cerca, como si nuestra responsabilidad hubiera terminado al marcar una opción en la máquina de votación.
En una elección municipal esa distancia resulta todavía más difícil de justificar. La política local no vive en algún edificio lejano ni en conceptos abstractos. Está frente a nuestra casa: en la calle que se inunda, en la plaza que se deteriora, en el tránsito, en la basura, en las veredas, en los mercados y en la manera en que la ciudad decide crecer. La democracia municipal ocurre a pocas cuadras de nosotros. Por eso no debería consistir únicamente en elegir quién ocupará la Intendencia o una banca en la Junta Municipal. También debería significar preguntar qué se hace con el presupuesto, cómo se deciden las prioridades y por qué algunos barrios avanzan mientras otros siguen esperando.
Quizá allí esté una de las tareas pendientes de nuestra democracia. Aprender que participar no significa necesariamente militar en un partido ni pasar la vida discutiendo política. Participar puede ser mucho más cotidiano: integrar una comisión vecinal, asistir a una audiencia pública, pedir información, denunciar una irregularidad, exigir explicaciones o simplemente entender que lo público también nos pertenece. Una ciudadanía que solo aparece cada cinco años deja demasiado espacio libre. Y ese espacio nunca permanece vacío: lo ocupan estructuras partidarias, intereses sectoriales o pequeños círculos que terminan tomando decisiones que afectan a todos.
También debemos preguntarnos qué democracia queremos construir. No alcanza con que todos tengamos derecho a votar si después las oportunidades siguen distribuidas de manera profundamente desigual. Una ciudad donde algunos barrios tienen todo y otros casi nada puede celebrar elecciones ordenadas y, sin embargo, arrastrar enormes déficits democráticos. La democracia también debe verse en la calidad de los servicios, en la transparencia de las instituciones, en la posibilidad de ser escuchado y en la capacidad de ofrecer oportunidades más equitativas.
Hoy habrá ganadores y perdedores. Habrá festejos, decepciones y análisis. Pero cuando termine el ruido electoral debería comenzar lo más importante. Volver a nuestras casas no debería significar retirarnos de la vida pública.
Porque votar dura unos minutos.
Ser ciudadano ocupa todos los días que vienen después.


