Carta a un candidato

Mariano Nin.

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Señor Candidato: Hace trece años le escribí una carta a un candidato. En aquella ocasión le dije que iba a votar con convicción, como siempre, aunque ya había sido defraudado varias veces y engañado hasta el cansancio.

No importa. Hoy vuelvo a escribirle. No porque haya perdido las esperanzas. Todo lo contrario. Si las hubiera perdido, probablemente ya no tendría sentido sentarme a escribir estas líneas.

En estos trece años cambiaron los nombres, cambiaron los candidatos, cambiaron los discursos y cambiaron algunas cosas más. Pero hay algo que parece no cambiar demasiado: seguimos escuchando promesas antes de las elecciones y explicaciones después.

Nos hablan de una ciudad diferente, de calles mejores, de seguridad, de limpieza, de orden, de transparencia, de una administración eficiente. Nos prometen que esta vez será distinto. Y nosotros volvemos a creer, o por lo menos, lo intentamos.

Estoy convencido de que votar no es solamente poner una papeleta dentro de una urna o apretar un botón. Es entregar una pequeña parte de nuestra esperanza a alguien que nos pide que confiemos en él. Y eso no es poca cosa.

Por eso, Señor Candidato, esta vez tampoco voy a pedirle que sea perfecto. Hace tiempo aprendí que los políticos son seres humanos y que los seres humanos nos equivocamos. Tampoco voy a pedirle que haga todo lo que promete. Ya sabemos que entre una promesa de campaña y la realidad de gobernar suele existir una distancia bastante grande.

Pero sí quiero pedirle algo. No se olvide de nosotros. No se olvide del ciudadano que se levanta temprano para trabajar, del que espera un colectivo, del que paga sus impuestos, del que lleva a sus hijos a una escuela pública, del que llega a un hospital cuando alguien de su familia se enferma.

No se olvide del que vive en una calle sin empedrado, del que vuelve de noche con miedo, del comerciante que abre su negocio todos los días y del joven que quiere quedarse en su ciudad porque también quiere tener un futuro.

No se olvide de que el poder no es un premio. Es una responsabilidad.

Hace trece años terminé aquella carta diciéndole al candidato que, si hacía las cosas bien, volveríamos a votar por él. Hoy podría repetir exactamente lo mismo. Porque, a pesar de todo, seguimos teniendo esperanza, y quizás esa sea nuestra mayor virtud o nuestra peor debilidad.

Seguimos creyendo que algún día las cosas pueden cambiar. Seguimos pensando que alguien puede llegar al poder y entender que una ciudad no se gobierna para los amigos, ni para los correligionarios, ni para quienes tienen influencias. Se gobierna para todos.

Por eso, Señor Candidato, si gana este domingo, recuerde algo que probablemente olvidará cuando tenga una oficina, un escritorio, asesores y un teléfono que no deja de sonar. Antes de ser candidato, usted también fue ciudadano.

Y nosotros vamos a seguir siéndolo. Vamos a mirar. Vamos a recordar.

Y dentro de cinco años, cuando vuelva a pedirnos el voto, vamos a tener memoria.

Sabemos que votar es un derecho. Pero también es una forma de decirle al que gobierna que no somos tontos.

Con respeto, con esperanza y, después de tantos años, con un poquito más de memoria. Le saludo atentamente.

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