Doña Celestina miró al cielo y después miró la tierra. No dijo nada. Tenía las manos ásperas, esas manos que parecen conocer de memoria cada surco, cada semilla y cada capricho de la tierra… y del clima. Había aprendido, durante muchísimo tiempo, a leer las nubes como otros leen el diario. Sabía cuándo la lluvia venía cargada de esperanza y cuándo llegaba con la amenaza de llevarse todo.
Aquel día no llovía. El suelo estaba duro y resquebrajado. “Yvy avei ikane’õ” (la tierra también se cansa), dijo.
No lo entendí muy bien en ese momento. Quizás porque nosotros hablamos de los efectos del clima como si fuera una conversación lejana. Como si el fenómeno El Niño naciera en algún lugar del Pacífico y allí debiera quedarse. Creo que siempre pensamos que sus consecuencias son problemas de otros.
Pero no. El Niño está a miles de kilómetros y, sin embargo, puede terminar golpeando nuestra puerta. Los pronósticos advierten que este episodio será muy fuerte. Y la FAO ya alertó en estos días sobre los riesgos que puede generar para la producción de alimentos: sequías en algunas regiones, inundaciones en otras, pérdidas de cosechas, falta de pasturas y dificultades para millones de familias que viven de la tierra.
Paraguay no está fuera de ese mapa. Aquí, el exceso de lluvia puede convertirse en caminos intransitables, cultivos dañados, ríos desbordados, damnificados y animales sin refugio. Conocemos esa parte de la historia. Pero la falta de agua puede ser todavía más que simplemente sed: una semilla que no germina, una pastura que desaparece, un campesino que mira el cielo esperando una lluvia que no llega.
Y cuando la producción cae, el problema deja de ser solamente del campo. Llega al mercado, a la mesa y termina afectando tu bolsillo.
Sí, tu bolsillo, porque detrás de cada bolsa de mandioca, de cada kilo de carne, de cada fruta y de cada alimento que compramos hay una historia que comienza mucho antes de llegar al supermercado.
El problema es que estamos intentando comprender un clima que ya no se comporta como antes. El Niño es un fenómeno natural, no lo inventamos nosotros.
Pero el planeta sobre el que ocurre sí es diferente. Más caliente. Y ese calentamiento puede amplificar algunos de sus efectos.
Paraguay está en el mapa, y, aunque no soy experto, entiendo que todavía estamos a tiempo.
Podemos cuidar el agua, recuperar nuestros suelos, proteger nuestros bosques, mejorar los sistemas de alerta y ayudar a que quienes trabajan la tierra tengan información suficiente para decidir cuándo sembrar, qué cultivar y cómo proteger sus animales. Y puede que la mayoría de estas cosas ya se estén haciendo.
Recuerdo haber leído hace mucho tiempo la advertencia de un indígena: “la naturaleza tiene memoria”. No sé si ña Celestina conocía aquella frase, pero de alguna manera las dos parecen hablar de lo mismo.
La naturaleza puede soportar mucho. Pero no es infinita. Ojalá aprendamos a leer sus señales antes de que llegue la próxima lluvia. O antes de que deje de llegar.
Doña Celestina levantó nuevamente la mirada. Y esta vez entendí.
“Yvy avei ikane’õ”. La tierra también se cansa. Y cuando empieza a cansarse, quizás no necesite que la salvemos. Quizás seamos nosotros quienes necesitemos salvarnos. Pero esa… esa es otra historia.


