Aquel pensamiento resonó en mi mente durante un examen médico de rutina. En medio del cuestionario previo, cuando la profesional me preguntó si consumía alguna medicación, mencioné un fármaco antidepresivo. Fue suficiente para desencadenar el monólogo. La señora aprovechó el dato para hablarme de la pena de perder a un hijo. En su intento de brindarme consuelo, quiero creer, comparó nuestros duelos y sin titubear aseguró que su dolor superaba al mío.
Me instó a buscar refugio en otras actividades, sosteniendo que la terapia psicológica y la medicación carecían de valor, y sentenció que la depresión no era más que una simple falta de voluntad. Preferí guardar silencio y no disputar sus afirmaciones; di las gracias y me retiré de allí.
Entonces pensé, que como sociedad, hemos normalizado la idea de que existe una jerarquía del sufrimiento y que la pérdida de un hijo encabeza esa escala. Pero en ese cálculo olvidamos lo fundamental, cada persona siente de manera única y resulta perverso clasificar las ausencias según su supuesta importancia.
¿Acaso la pérdida de un hijo es objetivamente más dolorosa que la de la pareja con quien decidiste construir una vida? Quienes atraviesan la muerte de un hijo suelen contar, cuando la vida no resulta desmedidamente cruel, con el refugio y apoyo de su pareja, sus otros hijos o su entorno familiar; precisamente con ese pilar que la mirada social coloca como sostén indispensable para procesar el duelo.
Todo esto desencadenó una interrogante en mi mente, ¿en qué momento se nos hizo costumbre evaluar el sufrimiento ajeno o iniciar un ranking para determinar qué herida sangra más?
Siempre he sostenido que nadie que no sienta el dolor del otro tiene derecho a medirlo, ni siquiera quienes han atravesado la misma tormenta. Cada ser humano reacciona a la pérdida de una manera distinta, y la forma de procesarla no mide ni más ni menos amor.
Mantenemos la mala costumbre de opinar sobre cómo otros deben levantarse cuando no somos nosotros quienes caímos al suelo. No sé qué resulta peor, si la indiferencia de contemplar la caída ajena sin mover un dedo o la soberbia de juzgar los tiempos y la forma en que el otro intenta ponerse de pie.
Investigaciones de la Escuela de Medicina de Harvard respaldan lo que la práctica clínica comprueba a diario, la depresión no es un defecto del carácter ni una elección. La evidencia médica documenta que en el cerebro de una persona con depresión se produce una desregulación en la transmisión de neurotransmisores esenciales como la serotonina, la dopamina, la noradrenalina y el GABA, afectando directamente la conectividad de las redes neuronales encargadas de procesar las emociones y el estrés.
Ahí es donde la intuición de Kafka cobra toda su fuerza; hay algo en la quiebra del ánimo que pertenece a esa dimensión que solo se experimenta en los propios huesos y que, por definición, resulta incomunicable para quien mira desde afuera.
Medir el sufrimiento ajeno con la vara de nuestra propia historia es una forma sutil de soberbia. Cada uno carga sus ausencias y sus batallas biológicas como puede, sin que la forma de procesar la oscuridad mida el amor propio o la fuerza de voluntad.
Hoy entiendo que el tiempo no reduce el dolor a cenizas, sólo ensancha la capacidad de llevarlo a cuestas. Por eso, antes de pontificar sobre cómo deben sanar los demás o dictar sentencias sobre la salud mental ajena, convendría recordar que la empatía también es un ejercicio de silencio.
No es falta de voluntad, señora. Es, sencillamente, la condición humana tratando de sobrevivir.

