Escucho a menudo en tertulias tanto familiares como de amigos y hasta de medios de comunicación, una frase que considero aborrecible: “Cada uno tiene su verdad”.
No, la verdad es una sola y si bien existen infinitas aproximaciones, matices o senderos que la alumbran desde diferentes perspectivas, la coincidencia entre la realidad y lo que es –definición clásica de verdad– es una sola. Y lo es hoy, y lo ha sido ayer y lo será siempre.
Vivir en sociedades polarizadas es la constante de nuestro tiempo, donde las nuevas tecnologías abrieron espacios masivos de expresión que postulan tantas versiones de los hechos y tantas interpretaciones que cabe dar a los mismos como seres humanos que publican existen, y cada cual llama a esa versión “su verdad” y pretende que la mayoría se convenza de ellas –a veces con argumentos, a veces con simple repetición o cansancio–, asumiéndolas como “la verdad”.
Cuando este versionado gana en consistencia comunicacional, lo llamamos narrativa. Y como la consistencia comunicacional se adquiere con la ayuda de un buen mensaje y de una buena divulgación de este, pululan los medios de comunicación que procuran combinar ambos para así tener una narrativa “del medio tal” o “del medio cual”.
Y entonces eso desemboca en que en el tereré jeré se vuelva una constante que al abordar un asunto de interés público, las opiniones ya no progresen en busca de una conclusión que aproxime a la verdad –que es el fin mismo del debate humano racional–, sino a un lastimoso compilado o collage de las opiniones que tal medio que pertenece a tal grupo o responde a tal interés tiene vs. las que tiene este otro y este otro y este otro, en una solución de continuidad lamentable hacia la mediocridad a la que conduce el convencimiento de que “no hay una verdad, sino varias”, como si esta fuese un producto de bazar disponible en distintos colores, formas o funcionalidades según para qué uso.
Pues no, la buena noticia para el ser humano es que hay una verdad, y es una sola.
Y aunque las formas de llegar a ella pueden ser innúmeras, así como de asumirlas o de interpretarlas gracias a que somos libres y, por la gracia de Dios, vivimos en Occidente donde la libertad todavía es un activo que apreciamos, la mala noticia para los afectos al relativismo woke, a los lectores de Zaratustra que proclaman la muerte de Dios y de toda referencia permanente en las sociedades humanas, o a quienes ni idea tienen de uno u otro porque son simples –y tristes– sembradores de confusión, cizaña y escándalo en demérito de inocentes e ingenuos, es que sus narrativas –“las narrativas”– son efímeras porque la verdad, que es su antónimo, es una fuerza de la naturaleza humana más poderosa que la gravedad misma, y lo único que no tiene, como decía Serrat, es remedio.


