La ciudad también educa

Pablo Noé

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Una madre lleva a su hijo a la escuela. En una esquina, un vehículo ocupa la vereda y los obliga a bajar a la calle. Ella le aprieta la mano, espera que pase una moto y busca por dónde seguir. Minutos después, en el aula, el niño escuchará hablar del respeto, de las normas y del bien común. Pero antes de abrir el cuaderno ya recibió otra lección: en el espacio que todos compartimos, el más fuerte puede imponer sus condiciones. Imaginemos esa escena, tan reconocible en nuestras ciudades, y preguntémonos cuánto enseña lo que ocurre camino a la escuela.

Solemos depositar en los docentes la responsabilidad de formar ciudadanos, como si la educación empezara con el timbre y terminara con la tarea. Sin embargo, la ciudad también educa. Enseña cuando un conductor cede el paso y cuando otro estaciona sobre una rampa. Cuando una plaza invita al encuentro y cuando su abandono expulsa a las familias. Cuando una oficina pública atiende con respeto y cuando obliga a buscar un conocido para resolver un trámite. En esas experiencias aprendemos qué valor tiene una regla, cuánto importa el tiempo ajeno y quién puede ejercer sus derechos sin pedir permiso.

El ejemplo tiene un peso decisivo en el aprendizaje. Una indicación pierde fuerza cuando la conducta de los adultos la contradice todos los días. Podemos pedir a un adolescente que cuide lo común, pero esa enseñanza se debilita si ve basura acumulada, instalaciones destruidas y autoridades que toleran lo que deberían corregir. También ocurre lo contrario: un espacio cuidado invita a cuidarlo, una norma aplicada con justicia gana legitimidad y una respuesta oportuna demuestra que reclamar sirve. La convivencia se construye con experiencias que vuelven creíble lo que decimos.

Por eso, la gestión municipal tiene una dimensión educativa que merece entrar en la conversación electoral. Una vereda transitable da autonomía a una persona mayor. Una plaza iluminada abre posibilidades de encuentro. Un cruce seguro permite que una familia camine con menos temor. Son decisiones concretas sobre cómo compartimos la ciudad y qué lugar concedemos a quienes necesitan mayor protección. Evaluar a quienes aspiran a administrarla exige preguntar por prioridades, presupuestos, plazos y mantenimiento. Una obra pierde sentido cuando nadie se hace responsable de conservarla.

Esa exigencia también nos compromete. La ciudad que reclamamos necesita vecinos que respeten la senda peatonal, recojan sus residuos y comprendan que la comodidad propia tiene límites. Pero la responsabilidad ciudadana requiere instituciones que cumplan su parte y hagan cumplir las reglas sin privilegios. Pedir civismo mientras se premia al infractor erosiona la confianza. Gobernar bien supone sostener una coherencia visible entre la norma, el servicio y el ejemplo.

Al votar, elegimos también el entorno en el que nuestros hijos aprenderán a convivir. Conviene mirar las calles con esa pregunta: ¿qué les están enseñando? Cada vereda ocupada, cada plaza recuperada y cada ciudadano atendido con dignidad transmite una idea de sociedad. La próxima lección comienza mañana, cuando un niño salga de su casa y descubra cuánto vale, en la práctica, lo que le enseñamos.

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