¿Y si el mundo libre empieza en una isla?

Mariano Nin

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Taiwán

Me gusta recordar los viajes por los lugares que visité. Y cuando regreso, me gusta preguntarme qué me dejaron además de los recuerdos. Fui a Taiwán y sin darme cuenta me vi envuelto en una aventura inolvidable.

Recuerdo algo que te va a parecer muy pequeño. Estábamos caminando por una de esas calles de Taipéi donde todo parece funcionar con una precisión casi increíble.

Gente entrando y saliendo del metro, bicicletas, comercios, estudiantes, turistas, pantallas, tecnología por todas partes, y en medio de ese movimiento, alguien me hizo una pregunta: ¿Y ustedes, los paraguayos, qué saben de Taiwán?

Me quedé pensando. Probablemente sabemos mucho menos de lo que deberíamos.

Sabemos que es una isla que produce tecnología. Que fabrica semiconductores. Sabemos que Paraguay mantiene relaciones diplomáticas con Taiwán desde hace décadas.

Pero quizás todavía no terminamos de entender algo mucho más importante: Taiwán no es solamente una potencia tecnológica. Es tan grande como el departamento de San Pedro en Paraguay… sí, lo leíste bien.

Es también una sociedad de más de 23 millones de personas que construyó una democracia, desarrolló instituciones, protegió libertades y aprendió a convivir con una amenaza que está permanentemente al otro lado del estrecho. Y es ahí donde la historia toma un giro.

Cuando uno mira el mapa y entiende la importancia de ese pequeño territorio, comprende que lo que está en juego no son solamente unas islas en Asia. Taiwán está en el corazón de las cadenas de suministro que hacen funcionar buena parte del mundo moderno.

Más del 60% de los semiconductores del planeta se producen allí y la participación supera el 90% cuando hablamos de los chips más avanzados. Son componentes que están detrás de nuestros teléfonos, computadoras, automóviles, secadores de pelo, centros de datos y de buena parte de la revolución de la inteligencia artificial.

Pero hay algo todavía más importante que un chip. Hay una sociedad detrás de esa tecnología. Hay gente que vota, jóvenes que estudian, que trabajan. Que protestan. Que discuten. Que cambian gobiernos mediante las urnas. Personas que quieren decidir su propio futuro.

El canciller taiwanés Lin Chia-lung lo planteó recientemente con claridad: “En un escenario internacional donde los regímenes autoritarios presionan cada vez más sobre las reglas que durante décadas intentaron garantizar la paz, Taiwán sostiene que su lugar está junto a las democracias y el mundo libre”.

Es una posición política. Y, como tal, puede ser discutida. Pero hay hechos que no necesitan demasiada interpretación. Taiwán es una democracia, tiene una economía de enorme relevancia para el planeta. Tiene una industria tecnológica estratégica y, pese a las dificultades diplomáticas, continúa buscando participar en la cooperación internacional.

Paraguay conoce una parte de esa historia. La conoce en nuestras universidades, en nuestros hospitales y ahora también en proyectos tecnológicos. La relación entre ambos países acaba de dar nuevos pasos en áreas como inteligencia artificial, ciberseguridad y cooperación judicial. En mayo de este año, los gobiernos de Paraguay y Taiwán firmaron acuerdos vinculados precisamente a esos sectores.

Y hay una imagen que me parece especialmente grande: Taiwán, una isla que muchos paraguayos podrían señalar con dificultad en un mapa, está ayudando a formar jóvenes paraguayos, transfiriéndoles algo que el desarrollo no puede comprar: conocimiento.

Está colaborando en la digitalización de nuestra salud. Y está apostando a que nuestros jóvenes puedan mirar hacia el futuro con herramientas que quizás nosotros, los más grandes, no tuvimos. En 2025, por ejemplo, el sistema de información sanitaria desarrollado con cooperación taiwanesa ya funcionaba en más de 1.000 establecimientos públicos de nuestro país.

Entonces vuelvo a aquella pregunta de mi viaje: ¿Qué saben ustedes de Taiwán?

Hoy, después de estar allá, de conocer su cultura, su gente, su forma de pensar, respondería de otra manera. Diría que Taiwán es mucho más que tecnología.

Es una historia de democracia, esfuerzo y supervivencia. Es una sociedad que sabe que su ubicación geográfica la coloca en el centro de una de las tensiones más delicadas del planeta. Y es también un recordatorio para quienes vivimos lejos de allí. La libertad parece una cosa segura cuando nadie la amenaza. Hasta que un día descubrimos que no lo era.

A lo mejor por eso Taiwán no debería interesarnos solamente por sus semiconductores, por la inteligencia artificial o por todo lo que representa para la economía mundial. Debería interesarnos también por algo mucho más simple: por su gente.

Por esos 23,5 millones de personas que construyeron una sociedad, que votan, que trabajan, que estudian, que crían a sus hijos y que, como cualquiera de nosotros, quieren vivir en paz.

Cuando estuve allí, pude ver una sociedad moderna, ordenada, segura y profundamente orgullosa de lo que consiguió. Al final, estamos hablando de personas, de un pueblo, de una forma de entender la vida, y no en lo pequeño que parece cuando lo miramos en un mapa, sino en todo lo que representa cuando lo miramos con un poco más de atención.

Volví de Taiwán con muchas imágenes en la cabeza. Pero hubo una que se quedó conmigo. Ciudades llenas de gente caminando tranquilamente por sus calles, mientras a pocos kilómetros se discute su futuro.

Entonces pensé: “Qué extraño es el mundo… A veces la paz que damos por sentada es, precisamente, la que otros más necesitan defender”.

Pero esa… esa es otra historia.

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