“Del apego nace el dolor, del apego nace el miedo”. El “Dhammapada”, texto fundacional del budismo, lanzó esta advertencia hace siglos. La promesa es tan lógica como tentadora, vaciar el pecho para que, cuando llegue la inevitable pérdida, no quede nada por arrebatar. Arthur Schopenhauer hizo suya esta idea y aseguró que la tranquilidad dependía de aislar el corazón, de encoger nuestro círculo para que ninguna muerte, ningún adiós, lograra tocarnos. La receta es simple: morir intactos para no vivir rotos.
Si bien desde la perspectiva teórica representa un refugio inexpugnable, en el plano práctico no es más que una cobardía insostenible.
Lo entendí hace unos días. Hace meses decidí adoptar un segundo perro, Popeye. Él es el desorden, la torpeza y, en la misma medida, el amor y la ternura. Llegó a una casa donde la tranquilidad y la rutina eran los pilares intocables. La casa era un refugio de calma y hábitos firmes donde solo convivíamos Olivia, una perrita educada de seis años, y yo.
Después de dos meses, decidí que Popeye no podía seguir con nosotros. Me convencí a mí misma de que su caos era insoportable. Quise culpar a sus destrozos, a la falta de paz y a la rutina rota para justificar mi decisión de entregarlo. Pero era mentira. La verdadera razón era que me paralizaba el miedo a amarlo.
Vengo de una de las pérdidas más grandes de mi vida, y me aterraba abrirle la puerta a alguien que, inevitablemente, algún día se irá. Es el truco más viejo del mundo, buscamos excusas para expulsar el afecto y así poder morir intactos. Incluso me enojé y me cerré con Olivia, en su momento, sintiendo que ella también podía “dejarme”, olvidando que fue ella quien me salvó tantas veces.
Con esa excusa del desorden bajo el brazo, subí a Popeye al auto e hice el trayecto para entregarlo. Pero en el camino me di cuenta de mi propia trampa. Pensé en cómo su caos, en realidad, me había levantado. Me obligaba todos los días a limpiar y a moverme. Y es que, cuando la tristeza visita tu corazón, las tareas simples pasan a ser secundarias; tu única misión es, a duras penas, respirar.
Popeye hizo el recorrido para irse, pero en ese trayecto, se quedó.
Hoy somos tres. El desorden, la destrucción y el amor son parte de nuestros días. Era mil veces más fácil entregarlo usando la excusa de la rutina, y no agregar a mi vida otro dolor asegurado para cuando ya no esté.
Y es que nos aterra tanto la orfandad que coqueteamos constantemente con la idea de la anestesia. Olvidamos que el dolor no es un error de cálculo, sino el impuesto carísimo y necesario que pagamos por haber amado de verdad. Si cuando perdemos a alguien sentimos que nos arrancan la piel, es precisamente porque la historia que compartimos tuvo un peso, una carnadura, una intensidad.
Llegar al final de nuestros días intactos, sin cicatrices, sin haber llorado a mares en el piso de una habitación o sin haber sentido el pánico a perder a quien nos sostiene la mirada, no es un acto de sabiduría. Es un fracaso absoluto. Significa que jamás nos atrevimos a poner las manos en el fuego por nadie.
Al final, son los lazos los que nos salvan del absurdo. El apego duele, claro que duele, pero es la única prueba irrefutable de que estuvimos vivos. Siempre será infinitamente mejor saltar al vacío, tener un Popeye o astillarse los huesos y vivir rotos, que marcharse de este mundo con el alma intacta, estéril y vergonzosamente a salvo.


