Hace unos días escuché a un adulto quejarse de un joven que había renunciado a su empleo después de pocos meses. “Esta es la generación de cristal: no aguantan nada”, sentenció. Pero la frase, en lugar de cerrar la discusión, abría una pregunta: ¿el joven se marchó porque no toleraba una corrección o porque tenía un salario bajo, horarios interminables y ninguna posibilidad de crecer? Tal vez había algo de ambas cosas. La expresión “generación de cristal” describe a jóvenes supuestamente frágiles, hipersensibles e incapaces de soportar frustraciones. Algo de verdad puede existir. Algunos esperan resultados inmediatos, confunden cualquier límite con violencia y abandonan ante la primera dificultad. Las redes sociales, la gratificación instantánea y ciertas formas de crianza redujeron la tolerancia a la espera. Negarlo sería condescendiente.
Pero utilizar esa etiqueta para definirlos a todos también es una forma cómoda de evitar responsabilidades. Antes de preguntar por qué los jóvenes son de cristal, deberíamos revisar el material con el que los estamos formando. Paraguay amplió el acceso a la educación, pero todavía no garantiza aprendizaje. Muchos terminan el colegio sin comprender plenamente un texto, redactar con claridad o resolver problemas básicos. Luego descubren que el título recibido no acredita las capacidades que el mercado exige. Los llamamos poco preparados, aunque fue el propio sistema el que los dejó avanzar sin prepararlos. Durante años se priorizó la promoción del estudiante, pero no necesariamente su formación. Se cambian ministros, planes y nombres de programas, mientras los resultados continúan mostrando que asistir a clases no siempre significa aprender.
El mundo laboral presenta una contradicción semejante. Les hablamos de la cultura del esfuerzo mientras les ofrecemos informalidad, salarios bajos y empleos sin futuro. Exigimos experiencia a quien busca su primera oportunidad y llamamos aprendizaje a condiciones que a veces rozan la explotación. No todos los jóvenes rechazan trabajar: muchos cuestionan sacrificios que no conducen a ninguna parte. Eso no significa que tengan derecho a esperar ascensos inmediatos, horarios a medida o reconocimiento sin demostrar capacidad. Significa que el país necesita una política de primer empleo que conecte la educación media y técnica con las necesidades reales del mercado, genere experiencia verificable y permita que trabajar represente una posibilidad de progreso, no apenas una estrategia de supervivencia.
La salud mental expone otra contradicción. Nos burlamos de una generación que habla de ansiedad, depresión o agotamiento, aunque durante décadas los adultos ocultaron sus padecimientos detrás del silencio, el alcohol o la violencia. Que hoy los jóvenes nombren su sufrimiento puede revelar fragilidad, pero también una mayor conciencia. El problema aparece cuando toda incomodidad se convierte en trauma y cualquier frustración en enfermedad. La atención psicológica pública sigue siendo insuficiente y el Estado generalmente aparece cuando la crisis ya estalló. Prevenir requiere profesionales en escuelas y comunidades, deporte, cultura, orientación familiar y espacios donde los jóvenes puedan construir vínculos y proyectos. No alcanza con campañas ocasionales ni discursos durante fechas conmemorativas.
Nada de esto elimina la responsabilidad individual. Los jóvenes necesitan disciplina, lectura, preparación, límites y tolerancia a la frustración. Ninguna política pública reemplaza el esfuerzo personal. Pero tampoco podemos exigir fortaleza dentro de instituciones frágiles. Quizás no estemos solamente ante una generación de cristal, sino ante un país de cartón: parece sólido desde lejos, pero se dobla cuando un joven intenta apoyarse en la educación, el trabajo, la salud o la vivienda. El bono demográfico no es eterno. Si queremos jóvenes más resistentes, debemos dejar de ridiculizar sus fragilidades y construir políticas que fortalezcan sus capacidades. La pregunta no es únicamente cuánto pueden soportar ellos, sino qué estamos dispuestos a cambiar nosotros.

