La tremenda paradoja de nuestro relato energético: administramos una de las mayores hidroeléctricas del mundo, tenemos una matriz 100% renovable y la mayor disponibilidad inmediata a nivel global, arrastra décadas produciendo mucha más energía de la que consume y entregándola a precio de regalo.
En 2025, según los propios números oficiales, cerca del 73% de la potencia reservada en las binacionales quedó sin usar y fue cedida, por una fracción de su valor real, a Brasil y a Argentina.
La cifra es ofensiva si se mira lo que recibimos a cambio: por los más de 13.000 GWh cedidos a Brasil, Paraguay percibió unos USD 240 millones, cuando a precio de mercado ese monto podría superar los mil millones.
No solamente desperdiciamos energía; desperdiciamos la renta que esa energía podría generar, y esa diferencia no se convirtió en escuelas, carreteras ni fortalecimiento de nuestro Sistema Interconectado Nacional.
Acá es donde entra Bitcoin, no como intruso, sino como terapia. La minería de Bitcoin es la única industria que consume electricidad en cualquier lugar y momento, con la capacidad de encenderse y apagarse en segundos. No necesita puertos ni fábricas, solo megavatios no utilizados, y Paraguay tiene exactamente eso en exceso.
El dato lo confirma: Paraguay ya concentra cerca del 4% de la potencia de cómputo global de Bitcoin, solo detrás de Estados Unidos, Rusia y China. Esto no llegó por accidente, ya que la electricidad del Paraná es de las más competitivas del hemisferio. La minería paga entre 48 y 56 dólares por MWh, muy por encima de los 29 de precio en barra, y la Ande espera recaudar USD 350 millones anuales, más de lo que ingresa por ceder excedentes a Brasil.
Las cargas mineras son una demanda interrumpible, pues en los picos de calor se desconectan en segundos y liberan potencia para los hogares; ninguna fábrica tradicional ofrece esa flexibilidad. Bien regulada, la minería no es un problema para la red, es un estabilizador que monetiza la energía que de otra manera se desperdicia.
La advertencia que nos respira en la nuca es que los contratos mineros vencen a fines de 2027 y los ajustes tarifarios redujeron las operaciones legales de 71 a 41, concentrando 730 MW en cuatro empresas.
Si el Estado apaga este grifo sin tener listo un sustituto, volverá a ceder energía a precio de ganga y el déficit tarifario se pagará con tarifas residenciales o la deuda pública.
Debemos entender que setenta y tres por ciento de potencia reservada desperdiciada no es un dato técnico; es el síntoma de un país que vende barato lo que podría vender caro y que todavía no decidió si su energía sobrante es un pasivo que se regala o un activo que se capitaliza.
Bitcoin no es la respuesta completa, pero sí demuestra, las 24 horas, que la grieta se puede cerrar.
La energía que hoy dejamos escapar tiene el potencial de cambiar la matriz económica de nuestro país en los próximos diez años. Solo hace falta dejar de regalarla y dejar de especular con espejitos de colores.


