Hace unos días, por el Día Internacional para la Prevención del Suicidio, las redes se inundaron de frases motivacionales de molde. Me crucé con una que aseguraba que el verdadero mérito ante los golpes de la vida está en no perder la sonrisa y recibir el impacto de pie. Me reí y después pensé que era una gran mentira.
Estamos tan obsesionados con la “positividad” y la “resiliencia” que hasta queremos eliminar aquello que nos hace humanos: el dolor, la fragilidad, la posibilidad de no poder. La depresión no te encuentra de pie nunca, te arrastra hasta el fondo y, cuando creés que ya no podés hundirte más, se las ingenia para empujarte un poco más abajo. Y no hay absolutamente nada inspirador en eso.
La depresión no es una versión estética de la tristeza. No es mirar por la ventana mientras llueve para descubrir, meses después, que el proceso te hizo más fuerte. Puede ser sucia, agotadora y profundamente solitaria. Te roba las ganas de hablar, de comer, de contestar un simple mensaje. Y mientras intentás juntar los pedazos de tu propia cabeza, el mundo sigue girando con una normalidad que puede resultar casi ofensiva.
Nos vendieron, además, que quien tiene depresión se ve deprimido. Como si bastara con mirar a alguien a la cara para saber qué está atravesando. Pero, a veces, la persona más rota es la que llegó puntual a trabajar, hizo un chiste en la oficina y sonrió para una foto. Porque una sonrisa no es un certificado de salud mental. Hay gente que aprendió a funcionar de memoria mientras libra batallas que nadie conoce. Y nadie debería tener que exhibir sus heridas en carne viva para que su dolor sea tomado en serio.
Hay experiencias de las que no salís dando las gracias ni convertido en “tu mejor versión”. Simplemente te hicieron sufrir. A veces no hay una moraleja profunda al final del túnel. A veces solo hay una persona tratando de sobrevivir a un domingo que parece no terminar nunca. Y eso debería ser suficiente.
Ninguna forma de sufrir hace a alguien más digno. Tampoco convierte en héroe al que resiste de pie ni en débil a quien queda de rodillas. El dolor no es una competencia y la depresión no es una prueba de carácter.
¡Que se vaya al carajo la resiliencia obligatoria! No necesitamos personas que aprendan a soportarlo todo sin quejarse. Necesitamos una sociedad capaz de escuchar antes de que alguien tenga que gritar para demostrar que ya no puede más.


