No es el problema, es el futuro

Mariano Nin

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Un día cualquiera en una escuela cualquiera. El profesor escribió un problema en el pizarrón y pidió que lo resolvieran. Era un problema de matemáticas básico. Una regla de tres. Esperó unos minutos. Algunos miraron el pizarrón, otros miraron al compañero de al lado.

Y entonces el profesor se dio cuenta de que el problema no estaba en el ejercicio. Era mucho más grande. Esos chicos tenían 15 años y muchos no podían resolver algo necesario para desenvolverse en la vida cotidiana, mucho antes de pensar siquiera en una carrera universitaria.

Lo que vino después fueron números que deberían preocuparnos. El 85% de los chicos paraguayos de 15 años no puede resolver un problema matemático básico. Siete de cada diez tienen dificultades para comprender lo que leen. Y cuando buscamos a quienes alcanzan los niveles más altos de desempeño, los que mañana deberían convertirse en científicos, ingenieros, investigadores o especialistas, el resultado es prácticamente cero.

Mientras esos números aparecen sobre la mesa, nosotros seguimos hablando de un Paraguay que quiere convertirse en un polo tecnológico. Hablamos de inteligencia artificial, plantas de chips, nuevas inversiones y empresas atraídas por nuestra energía y ubicación.

El problema es que alguien tendrá que diseñar, programar, reparar y mejorar esas máquinas. Y ese alguien hoy tiene 15 años y está sentado en un aula intentando resolver una simple regla de tres. No es solamente un problema de matemáticas, es un problema de futuro.

Mientras discutimos cómo preparar al Paraguay para la inteligencia artificial, una enorme cantidad de jóvenes no logra comprender un texto. El sistema educativo sigue destinando cerca del 90% de su presupuesto a salarios y todavía existen necesidades básicas sin resolver.

Lo que estamos discutiendo es algo bastante más profundo. Estamos decidiendo qué Paraguay queremos tener dentro de diez, veinte o treinta años.

Las fábricas van a venir y la inteligencia artificial cambiará nuestra forma de trabajar. Pero si nuestros hijos no están preparados para ese mundo, serán otros los que ocupen los puestos que nosotros imaginamos para ellos.

Podemos traer los chips, los robots, la inteligencia artificial, lo que no podemos importar indefinidamente es el conocimiento de nuestros hijos.

El Paraguay que queremos mostrar afuera puede tener rutas nuevas, inversiones millonarias, edificios modernos y empresas tecnológicas. Pero el Paraguay que realmente importa está sentado esta mañana en un pupitre, frente a un pizarrón.

Y ese alguien no debería estar hoy sentado en una escuela sin poder resolver un ejercicio elemental.

Al final, hay solo una verdad que ninguna inversión puede esconder: si no educamos a nuestros hijos, el futuro vendrá a Paraguay, pero no será de los paraguayos.

Pero esa es otra historia.

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