¿Qué haremos con la IA? ¿Qué haremos con nosotros mismos? Antes de cerrar la semana o iniciar ésta, los máximos liderazgos de las compañías de desarrollo de inteligencia artificial, Sam Altman (OpenAI) y Darío Amodei (Anthropic) sorprendían con un mensaje en comunión: desacelerar el desarrollo de los agentes autónomos, que dicho sea de paso se han vuelto una extensión de nuestra cotidianidad, en tono de cautela.
En el contexto de esta conjunción de pensamientos para pedir una pausa de este avance tecnológico adquiere una relevancia que trasciende lo dogmático e incluso ideológico. Cada miércoles, el papa León XIV celebra una audiencia general en la plaza de San Pedro, en Ciudad del Vaticano, y en la última, expuso ante la multitud de fieles católicos la relevancia de “las tres expresiones más significativas de la dignidad de la persona humana: la inteligencia, que hace al hombre buscador insaciable de la verdad; la conciencia, por medio de la cual da unidad y sentido a la propia vida; y la libertad, que lo hace responsable de sus decisiones”.
¿Por qué destaco esas tres palabras en negritas? Por el contexto en el que transita nuestro país merece esa homilía ser leída con especial énfasis cuando abrimos nuestras puertas al mundo y aspirar a un rol preponderante en el escenario de la alta competencia del sector tecnológico en todas sus variantes.
Se han firmado acuerdos de cooperación con la República de China (Taiwán) -un líder global en el sector-, Estados Unidos y otros. para atraer inversiones aprovechando nuestra riqueza natural, producción de energía limpia y su población joven.
Pareciera que Altman y Amodei han escuchado a León XIV sobre su advertencia acerca del desarrollo de la IA y su instrumentalización de exclusión y muerte. Su encíclica Magnífica Humanitas (mayo de 2026) insta al mundo, pero principalmente a los líderes globales, a elegir la prudencia y priorizar la dignidad humana.
Y con un enfoque más local, el cardenal Adalberto Martínez Flores también advierte desde mayo sobre los riesgos de un desarrollo tecnológico sin sentido ético, lo cual se ve reflejado también en sus declaraciones a la web del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM): “Ninguna máquina podrá reemplazar jamás la conciencia moral, compasión, amor y la creatividad espiritual, ni la capacidad de fraternidad que Dios sembró en cada persona”
Una pregunta que nos interpela y cuya respuesta debemos hallar con urgencia es si Paraguay, en su afán por impulsar su incipiente campo tecnológico y de innovación garantizará un marco regulatorio ético y centrado en la dignidad humana como pide el papa León XIV. La respuesta no la tendremos vía IA ni algoritmos.


