“Aquí estoy…”

Mariano Nin

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Luz al final del túnel

Una noche, mientras tomábamos con un grupo de amigos, uno de ellos me dijo algo que me quedó dando vueltas: “Estoy cansado de sentirme así”. No dijo que se quería morir, ni que estaba deprimido. Ni siquiera pidió ayuda. Solo dijo que estaba cansado.

Muchas veces esperamos escuchar un grito para entender que alguien está sufriendo, incluso cuando el dolor comienza hablando en voz baja y casi como en broma. Hay personas que sonríen mientras se están cayendo por dentro. Y nadie imagina la tormenta que llevan adentro.

La depresión sigue siendo una de esas enfermedades que preferimos mirar de lejos. Como si hablar de ella fuera una señal de debilidad. Pero la depresión no se cura con consejos.

La Organización Mundial de la Salud estima que unos 280 millones de personas viven con depresión en el mundo. Y la propia OMS advierte que la depresión es distinta de los cambios normales de ánimo: puede durar semanas, afectar el sueño, la energía, la concentración, el trabajo, las relaciones y hasta la esperanza.

En América Latina y el Caribe, la brecha de atención en salud mental supera actualmente el 77%. Es decir, más de tres de cada cuatro personas que necesitan atención no la reciben. Y en Paraguay también hay señales que no podemos ignorar.

La Línea 155 de Salud Mental, habilitada por el Ministerio de Salud Pública las 24 horas, registró 6.061 casos intervenidos solamente entre enero y marzo de este año. De ellos, 2.350 correspondieron a adultos y 347 a niños, niñas y adolescentes.

Está bien dar números, pero quienes me siguen saben que detrás de cada número hay un rostro. Alguien que llamó, que necesitó que del otro lado hubiera alguien dispuesto a prestarle atención. Hace unos días escuché una entrevista a un psiquiatra. Hablaba del dolor como ese motor que puede alimentar el fuego de la depresión.

Todos perdimos a alguien, sentimos miedo, sufrimos una decepción o tuvimos noches interminables en las que levantarse de la cama parecía una tarea demasiado grande.

Comentábamos con un amigo que la depresión se parece a un pozo. Cuando uno cae, mira hacia arriba y ve a los demás continuar con sus vidas. Y nadie mira hacia abajo. Entonces uno intenta gritar. Pero desde el fondo del pozo, el grito parece pequeño.

Quizás por eso tenemos que aprender a mirar un poco más. A preguntar dos veces cuando alguien nos dice que está bien. A prestar atención a ese amigo que dejó de llamar. A ese compañero que cambió de repente.

A veces el primer auxilio es mucho más sencillo. Solo se trata de escuchar. Sentarse al lado sin juzgar. Es como decir simplemente: “Estoy acá”.

La OMS recuerda que existen tratamientos eficaces para la depresión, incluso para los cuadros moderados y graves. Por eso quizás deberíamos dejar de hablar de la depresión como una vergüenza y comenzar a hablar de ella como lo que es: un problema de salud que necesita atención, comprensión y acompañamiento.

Mamá siempre me decía que todos llevamos nuestras tormentas por dentro. Hoy entiendo que era mucho más que eso.

Todos llevamos alguna tormenta. Otros están atravesando un temporal. Y hay quienes están en medio de un huracán que nadie puede ver. Si tu tormenta es muy fuerte, buscá refugio.

Y si ves a alguien bajo la tormenta en un pozo interminable, no sigas caminando como si no lo vieras. Acercate, preguntale, escuchale. Ofrecele tu hombro.

Tal vez solo necesita saber que, desde arriba, alguien finalmente escuchó su grito.

Y a veces, sin saberlo, ese pequeño gesto puede convertirse en el primer rayo de luz que entra en un pozo demasiado oscuro. Pero esa… esa es otra historia.

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