Herbert Simon lo advirtió en 1971: “Cuando la información se vuelve abundante, la atención comienza a ser escasa”. No hablaba de TikTok, Instagram ni de los teléfonos que hoy nos acompañan todo el día. Hablaba de nuestra capacidad para detenernos, mirar y decidir qué merece nuestro tiempo. Hoy, su planteamiento ayuda a entender lo que ocurre en las redes.
Nunca tuvimos acceso a tanta información. Noticias, opiniones, videos, denuncias y discusiones compiten por nuestra atención. No siempre gana lo más útil. Muchas veces gana aquello que provoca una reacción. Ahí aparece una paradoja: podemos rechazar un contenido y, al mismo tiempo, ayudar a que tenga mayor alcance.
Lo vemos para criticarlo, lo compartimos para cuestionarlo y, sin proponérnoslo, ayudamos a mantenerlo visible. En ese contexto, aparecen personajes, que al generar controversia logran mayor visibilidad. El caso del joven que se hace conocer como “Masivo Bro” puede ser uno de los ejemplos actuales de una dinámica que se repite con distintos protagonistas. La controversia consigue atención y la atención genera exposición. No es necesario aprobar un contenido para contribuir a su difusión.
La pregunta también debe dirigirse hacia quienes estamos del otro lado. Las redes funcionan porque alguien publica, pero también porque alguien mira, comenta y comparte. El tema adquiere otra dimensión cuando quienes están frente a la pantalla son niños y adolescentes.
El pediatra paraguayo Robert Núñez llamó recientemente la atención sobre la necesidad de que los padres conozcan qué contenidos consumen sus hijos. La cuestión no pasa solamente por cuánto tiempo utilizan el celular, sino también *por* qué encuentran durante esas horas.
No significa que los niños vayan a imitar todo lo que ven. Pero lo que aparece repetidamente forma parte del entorno donde construyen referencias sobre cómo relacionarse y qué conductas reciben reconocimiento.
Los adultos podemos entender con mayor facilidad que una pantalla no siempre muestra la realidad. Sabemos que alguien puede interpretar un personaje, exagerar una situación o provocar para conseguir repercusión. Para un niño, esa distancia no siempre resulta tan evidente.
Por eso, acompañar el consumo digital no debería limitarse a controlar las horas frente al teléfono. También implica conversar sobre lo que están viendo: quién produce ese contenido, por qué les gusta, qué les causa gracia y por qué tanta gente lo sigue. No para convertir cada momento frente a una pantalla en un interrogatorio, sino para ayudarles a desarrollar criterio.
Y los adultos también podemos hacer ese ejercicio. Resulta contradictorio cuestionar la exposición de determinados contenidos mientras nosotros mismos contribuimos a hacerlos circular. Nos preguntamos por qué algo se volvió popular, pero participamos de esa popularidad.
Simon hablaba de la atención como un recurso limitado. Hoy esa limitación es todavía más evidente. Cada minuto que dedicamos a algo se lo quitamos a otra cosa. No podemos controlar todo lo que aparece en internet ni decidir qué publica cada persona. Pero sí podemos decidir qué mirar, qué compartir y qué dejar pasar. Porque en una época en la que todos compiten por unos segundos de nuestra mirada, mirar también es una forma de participar.


