Y Paraguay recibió un tablero complejo sin muchos recursos inmediatos.
Somos mediterráneos, ubicados entre las dos mayores economías de Sudamérica y dependientes de un sistema fluvial cuya salida al océano atraviesa territorios ajenos. Marshall recuerda que el dominio argentino sobre las llanuras del Río de la Plata y su sistema de navegación le otorgó históricamente una ventaja económica y estratégica sobre Paraguay, Uruguay e incluso Brasil. No es una observación menor: buena parte de nuestra producción continúa necesitando atravesar kilómetros y fronteras antes de alcanzar el mundo.
Pero ahí comienza lo interesante.
Porque Paraguay también está parado sobre una extraordinaria autopista natural. Los ríos Paraguay y Paraná pueden convertir nuestra mediterraneidad en conectividad. Y ni hablar de la bioceanica. Estamos entre Brasil y Argentina, cerca de Bolivia y del corredor hacia Chile; producimos alimentos, disponemos de abundante energía hidroeléctrica y tenemos dos binacionales que, además de generar electricidad, nos obligaron históricamente a negociar con nuestros gigantes vecinos.
Nuestra aparente debilidad geográfica también nos enseñó diplomacia.
Marshall explica que incluso Brasil carga con enormes dificultades físicas: distancias, selvas, escarpaduras y problemas para conectar sus centros productivos con puertos eficientes. La geografía, entonces, no reparte simplemente ganadores y perdedores. Reparte problemas diferentes.
Ahí aparece nuestra responsabilidad.
Si somos un país mediterráneo, cada ruta destruida cuesta más. Cada puente que falta cuesta más. Cada conflicto diplomático cuesta más. Una Hidrovía ineficiente cuesta más. Y desperdiciar nuestra energía barata es todavía más absurdo.
Pero la misma lógica funciona al revés: mejores rutas, puentes con Brasil, conexiones con Argentina, el Corredor Bioceánico, puertos eficientes, energía disponible para industrias y una política exterior pragmática multiplican nuestra posición estratégica.
Paraguay probablemente nunca determine las reglas sudamericanas por tamaño, población o poder militar. Tampoco necesita hacerlo.
Puede convertirse en el territorio que todos necesiten atravesar, utilizar para producir o elegir para invertir.
Marshall dice, en esencia, que somos prisioneros de la geografía. Puede ser.
Pero una cosa es estar preso del mapa y otra muy distinta no aprender nunca a leerlo.


