Hace veinticinco años, con un dólar comprábamos casi el doble de lo que compramos hoy. En pocas palabras: hoy necesitamos prácticamente dos dólares para lo que antes comprábamos con uno. No hablamos de intuiciones, son datos oficiales del Bureau of Labor Statistics.
Hace ciento trece años, en 1913, el Congreso de Estados Unidos aprobó la Ley de la Reserva Federal. Ese año, un dólar valía un dólar completo. Hoy compra menos del 3% de lo que compraba entonces: necesitamos 33 dólares para adquirir lo que un solo dólar de 1913 alcanzaba. El dólar perdió más del 96% de su valor desde la creación de la Reserva Federal.
El 15 de agosto de 1971, Richard Nixon cerró la ventana de oro: el dólar dejó de ser convertible a 35 dólares la onza. Desde entonces perdió el 88% de su poder adquisitivo contra bienes y servicios, y más del 99% contra el oro, que hoy supera los 4.200 dólares la onza.
Acá aparece un término: la inflación. La economía convencional la describe como un aumento generalizado de precios. Pero no es un fenómeno natural. Es expansión monetaria. En 1959, la oferta M2 era de 286 mil millones de dólares. Hoy supera los 23 billones. Se multiplicó por más de ochenta en menos de setenta años. No es que la economía real creció ochenta veces: creció la cantidad de papel por cada unidad de valor.
El intercambio entre las personas no siempre fue así. Primero fue el trueque: mis manzanas por tus peras. Pero si yo quería una mesa, el carpintero no aceptaba seis cajas de manzanas porque no podía darles uso. Ahí nació el dinero: un medio de intercambio escaso y durable. Durante milenios, el mercado eligió oro y plata. No un congreso. Pero alguien descubrió que quien controla el dinero, controla todo lo demás.
El dinero fiduciario, que viene del latín fiducia, confianza, no tiene valor intrínseco. Es papel, o un registro digital, cuyo valor depende de que sigamos creyendo. La Reserva Federal no necesita una mina de oro: necesita un teclado. Cada vez que aprieta una tecla, nuestros dólares valen menos. Eso no es inflación. Es devaluación encubierta. Un impuesto invisible que nadie votó.
La gran estafa fiduciaria le roba el fruto del esfuerzo a los que trabajan para financiar maquinarias políticas, grupos de poder y guerras. No es casualidad que el dólar haya perdido el 96% desde 1913, el 88% desde 1971 y casi la mitad desde el año 2000. Es diseño: un sistema que premia la deuda y castiga el ahorro.
El dólar no está muriendo de viejo. Lo están matando. El único consuelo que nos ofrecen es que el próximo billete tendrá un número más grande. El número es irrelevante: importa lo que compra. Que cada vez compre menos debería importarnos mucho más de lo que parece, porque ahí, al final, está el valor real que se le atribuye al fruto de nuestro esfuerzo.


