En un lejano y caluroso reino, vivió un hombre ambicioso llamado Hernán. No era un monarca pero llegó a vestir los ostentosos ropajes del poder. A Hernán no le importaban las leyes ni el bienestar de su pueblo; su única pasión era acumular honores, títulos y cargos públicos para lucirse ante la Corte. Se extendió el rumor de que era Doctor en Leyes, graduado con honores en la prestigiosa Universidad Sudamericana. Los allegados a su partido, actuando como sastres de palacio, aseguraban que el título era celestial, cuasi divino. Tenía características envidiables: su carrera, exámenes y conocimientos eran invisibles para los tontos, ineptos o quienes no merecían sus puestos.
—¡Es un pergamino maravilloso! —susurraban los cortesanos del Congreso mirando el título del abogado—. Solo los verdaderos patriotas y doctos en Derecho pueden apreciar la profunda sabiduría jurídica de Hernán.
El presidente de la Corte, temiendo parecer incompetente, llamó a Hernán. Este no trajo jurisprudencia, tesis ni argumentos, solo un papel firmado a prisa por el Ministerio de Educación en un trámite de seis minutos, firmado en la carroza del Decano. Sus colegas no vieron conocimiento, pero se decían: “¿somos tontos? ¡Nadie debe notarlo!”.
El presidente de la Corte sonrió, estrechó su mano y exclamó:—¡Qué maravilla de abogado! ¡Qué elocuencia tan sutil! Su doctrina es perfecta para los intereses del reino.
Pronto ministros, senadores y jueces alabaron el traje académico de Hernán. Nadie veía Derecho en él: confundía la Constitución, tropezaba con términos simples y era asesino de la gramática. El miedo a ser tildados de traidores o incapaces hacía que compitieran en elogios. Para honrar su “invisible” talento, lo nombraron presidente del Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados y lo sentaron en el trono más alto. Desde allí el abogado sin ropas debía juzgar e interrogar a jueces y fiscales.
Hernán desfilaba presidiendo audiencias desnudo de conocimientos, arropado por la hipocresía de sus colegas que sostenían la alfombra roja. El pueblo veía por televisión el vacío absoluto de sus palabras. Hasta que un día, un niño libre de miedo señaló al “doctor en Derecho” y gritó:—¡No sabe citar una sola materia! ¡No recuerda a ningún profesor! ¡Va desnudo, no lleva traje de abogado!
El murmullo corrió como la pólvora. Los ciudadanos se rieron e indignaron al mismo tiempo: “¡Es verdad! ¡No tiene estudios! ¡Va desnudo!”.
Hernán sintió un frío estremecimiento. Sabía que tenían razón, pero pensó: “debo seguir fingiendo hasta el final o pareceré más ignorante”. Así siguió desfilando sin traje, sin conocimiento y sin vergüenza, mientras la multitud ya había comprendido que este abogado iba desnudo y que el traje nunca existió.


