Durmiendo con el enemigo

Miguel Ángel Gaspar

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En 1991, Julia Roberts nos enseñó que el peligro más difícil de detectar no llega con capucha ni cuchillo, sino con la camisa perfectamente planchada y el desayuno servido a tiempo. El “esposo ideal” de aquella película escondía, bajo su pulcritud, un control absoluto sobre cada gesto de su víctima. Treinta y cinco años después, miles de empresas repiten el guion sin darse cuenta, han invitado a dormir en su cama corporativa a un compañero solícito, siempre disponible, que redacta contratos, resume balances y traduce informes en segundos. Se llama ChatGPT, Copilot, Gemini, DeepSeek o Claude. Y, como en el filme, la pulcritud esconde un apetito insaciable por saberlo todo.

El mecanismo es tan simple como peligroso. Un prompt aparentemente inocente, “resumime esta cláusula”, “traducí este balance”, puede contener nombres de clientes, cifras financieras o fórmulas propietarias. Check Point Research calculó que una de cada veintiocho consultas empresariales a IA generativa expone datos de alto riesgo; TELUS Digital encontró que el 57% de los empleados corporativos ya introdujo información sensible en plataformas públicas. Samsung, Apple y Amazon prohibieron el uso interno de estas herramientas después de que su propio personal filtrara código fuente. Incluso el director interino de CISA, la agencia estadounidense de Ciberseguridad cargó documentos oficiales sensibles en ChatGPT público. Si el guardián no se cuida, ¿qué esperamos del resto?

Aquí aparece la bioseguridad corporativa, así como un laboratorio no mezcla cepas sin protocolo de contención, ninguna empresa debería alimentar un modelo público con datos de terceros sin anonimizar. Cuando la “Consultora A” procesa información confidencial de su “Cliente B” a través de una IA no gestionada, no solo comete una imprudencia técnica, viola, lisa y llanamente el acuerdo de confidencialidad que firmó con B. La jurisprudencia ya toma nota: en febrero, el juez neoyorquino Jed Rakoff rechazó el secreto profesional abogado-cliente en un caso donde el acusado usó una IA gratuita para su defensa, porque esa herramienta no ofrecía expectativa razonable de confidencialidad.

Y está, además, el activo más frágil de todos, el know-how. A diferencia de una patente, que vive de ser pública y registrada, el secreto empresarial vive exclusivamente de callar. Una fórmula, un algoritmo, una estrategia comercial cargada sin control a un modelo ajeno pierde, en el instante mismo del “enter”, la condición que le daba valor. No hace falta una filtración masiva: alcanza con que el dato exista fuera del perímetro que la empresa controla.

Nada de esto exige divorciarse de la inteligencia artificial: exige dejar de compartir cama sin protocolo. Instancias empresariales cerradas, anonimización sistemática, cláusulas contractuales que contemplen expresamente el uso de IA y empleados entrenados para reconocer qué NO deben teclear. El enemigo no es la herramienta. El enemigo es la confianza ciega con la que la dejamos entrar al dormitorio de la empresa.

Decía Al Pacino, en su personaje del “Abogado del Diablo”: “Que no te vean llegar”.

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