Cuatro días

Por Natalia Olmedo

| Por Natalia Olmedo
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Quien gasta su vida en empujar esa puerta para mantenerla cerrada no necesita compasión estacional, sino el derecho a sanar sin que la sociedad le obligue a bajar la mirada.

Hubo un día, hace un tiempo, en el que, simplemente, dejé de oponer resistencia. Me senté cara a cara con la muerte y dije que, si decidía llevarme, yo no haría absolutamente nada para evitarlo. Atravesaba el momento más oscuro de mi vida y el límite de mis fuerzas se había quebrado; sobraban las preguntas y ya ninguna respuesta parecía bastar. Porque convivir con una depresión severa es exactamente eso, permanecer en una habitación donde la salida queda entreabierta de forma seductora, prometiendo apagar el dolor.

Días después, comencé terapia. En la primera consulta con quien hoy sigue siendo mi terapeuta, no recibí una frase motivacional ni una promesa de que todo iba a mejorar. No me dijeron que la vida era hermosa ni le buscaron un sentido cósmico a mi colapso.

Me pidió algo mucho más terrenal y pequeño: cuatro días. Cuatro días hasta volver a vernos. Para quien invierte cada gramo de su energía psíquica en empujar esa pesada puerta para mantenerla cerrada, el esfuerzo es tan titánico que resolver el resto de su existencia resulta imposible. Así que solo sostuve la puerta, y después de esos cuatro días vinieron otros cuatro. Y después ocho. Sin revelaciones cinematográficas; simplemente pasó el tiempo.

Quizás de eso hablamos poco cuando llega septiembre y el color amarillo inunda las campañas de concientización. A veces ponemos demasiada presión sobre la esperanza. Le pedimos a una persona que no quiere seguir viviendo que imagine un futuro brillante que, desde donde está parada, simplemente no puede ver.

Cometemos muchas veces el error de decir que algún día agradecerá haber pasado por aquello, ignorando que hay dolores que no se convierten en lecciones y pérdidas que no tienen explicación. Albert Camus escribió que el gran problema filosófico era decidir si la vida merece ser vivida, pero para alguien en medio de una tormenta neuroquímica esa pregunta es demasiado grande. A veces, la persona solo necesita no tomar una decisión definitiva hoy.

Para lograr ese aplazamiento, sentarse frente a un profesional y pronunciar un “ya no puedo más” es el máximo instinto de supervivencia para llegar a esa tregua. Perder el miedo a la psicología y psiquiatría, soltar los prejuicios sobre una pastilla es la única forma de no dejar a nadie solo frente al abismo. Normalizamos tomar fármacos para la hipertensión, pero juzgamos moralmente a quien necesita equilibrar la serotonina en su cerebro para tener la fuerza física y mental de mantener esa puerta cerrada.

La depresión y el suicidio no entienden de fechas en el calendario, ni en septiembre empiezan, ni la angustia se evapora por arte de magia al llegar el primero de octubre. Las personas que libran esta batalla día tras día, sosteniendo esa maldita puerta, no buscan frases hechas ni apoyos temporales. Quien gasta su vida en empujar esa puerta para mantenerla cerrada no necesita compasión estacional, sino el derecho a sanar sin que la sociedad le obligue a bajar la mirada.

A veces no sabemos cómo devolverle a alguien las ganas de vivir y quizá esa no sea nuestra tarea. A veces basta con ayudarle a quedarse cuatro días más. Luego veremos qué hacemos con el quinto.

Porque elegir la vida cuesta demasiado como para que, además, obliguemos al otro a pedir perdón por intentar salvarse.

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