Tradwives, Tini y el derecho a controlar la propia vida

El caso de Tini Stoessel y el fenómeno tradwife abren el debate sobre la autonomía económica, la dependencia financiera y el derecho de las mujeres a controlar el patrimonio construido con su trabajo.

| Por La Tribuna
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Obediencia disfrazada de elección detrás del brillo digital.

En las redes, el pasado vuelve envuelto en luz cálida, vestidos impecables y pan recién horneado. Bajo la etiqueta tradwife —esposa tradicional—, algunas influencers presentan el cuidado del hogar, la maternidad y la atención al marido como la máxima realización de una mujer.

Que una adulta elija dedicarse a su familia no tiene nada de malo. El problema aparece cuando esa elección se vende como el único camino correcto y la dependencia económica se presenta como una virtud.

El caso de Tini Stoessel permite mirar este debate desde otro lugar. Ella no es una tradwife y su conflicto familiar no forma parte de ese movimiento. Sin embargo, las publicaciones de los medios ponen sobre la mesa una pregunta : ¿puede una mujer generar millones, sostener una marca internacional y aun así no tener el control real del patrimonio construido con su trabajo?

La cantante decidió apartar a su padre, Alejandro Stoessel, después de quince años como mánager, y encargó una auditoría de las sociedades relacionadas con su carrera. Las versiones indican que habría descubierto que no tenía participación ni control sobre algunas empresas que administraban sus ingresos.

La familia niega que exista una pelea y sostiene que la revisión forma parte de los preparativos de su matrimonio. Como no hay documentos públicos ni una decisión judicial, corresponde hablar de versiones y evitar afirmaciones definitivas.

Pero la pregunta de fondo sigue ahí: ¿cómo podría una artista de 29 años desconocer la estructura financiera levantada alrededor de su propio nombre?

La dependencia no siempre comienza con una amenaza. A veces nace de la confianza, de la protección familiar o de la idea de que otra persona sabe administrar mejor. Primero alguien ayuda, después se ocupa de todo y, con los años, preguntar por una cuenta o revisar un contrato puede parecer una muestra de desconfianza. Lo que empezó como cuidado termina reduciendo la capacidad de decidir.

Ahí aparece uno de los riesgos del discurso tradwife. Muchas de las influencers que aconsejan abandonar la independencia económica monetizan sus videos, firman acuerdos comerciales y levantan sus propias empresas. En otras palabras, predican la dependencia desde una actividad que les produce ingresos. La postal muestra la casa perfecta, pero casi nunca cuenta qué ocurre si el proveedor pierde el empleo, se va o utiliza el dinero para controlar a su pareja.

La cultura machista tampoco necesita ordenar abiertamente que una mujer obedezca. Puede actuar de manera más silenciosa: administrar por ella, firmar por ella y decidir “por su bien”, hasta convertirla en una desconocida frente a sus propios recursos.

Por eso, la autonomía no se mide solamente por cuánto dinero gana una mujer. También depende de si conoce sus cuentas, entiende los contratos, participa en las decisiones y puede disponer del fruto de su trabajo.

En su expresión más cruel, la dependencia alcanza a niñas empujadas hacia matrimonios o uniones tempranas. UNICEF estima que 640 millones de mujeres y niñas que viven actualmente fueron casadas durante su infancia. Las tradwives no provocan este fenómeno y Tini, desde luego, no representa a esas víctimas. La conexión está en el mensaje cultural: cuando la obediencia femenina se eleva como virtud, la autonomía comienza a perder valor.

Esta discusión no enfrenta a la familia con el trabajo ni al hogar con la libertad. Se trata de distinguir entre confiar en alguien y entregarle completamente el control. Una mujer puede delegar la administración de sus asuntos, pero debe conocer, consentir, supervisar y tener siempre la posibilidad de recuperar el mando.

Porque hasta el éxito puede convertirse en una jaula cuando todos saben cuánto vale, menos la persona que lo construyó.

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