Daniel Prieto Davey (*)
Durante 141 años, la Asociación Rural del Paraguay ha acompañado la evolución del país desde una convicción que permanece intacta: defender a quienes producen no significa proteger un interés sectorial, sino resguardar uno de los pilares sobre los que se construye la República. Porque donde hay producción hay trabajo, inversión, arraigo, desarrollo y también soberanía.
El productor no trabaja solamente dentro de los límites de su establecimiento. Cada inversión activa una cadena mucho más amplia. Detrás de una finca existen trabajadores rurales, veterinarios, transportistas, técnicos, comerciantes, talleres, frigoríficos, industrias, cooperativas y cientos de pequeñas empresas que dependen del movimiento del campo. Cuando hablamos de producción, hablamos de oportunidades para miles de familias y de comunidades que pueden seguir creciendo sin abandonar su lugar de origen.
Pero el aporte del campo va mucho más allá de la economía. La historia del Paraguay demuestra que producir también fue una forma de consolidar la nación. Después de la Guerra del Chaco, miles de productores y estancieros apostaron por desarrollar regiones que presentaban enormes desafíos. Con su trabajo, contribuyeron a poblar el territorio, generar desarrollo y consolidar la soberanía paraguaya sobre una parte fundamental de nuestro país.
Los números reflejan esa realidad. La producción primaria representa una porción significativa del producto interno bruto, pero cuando se incorpora toda la cadena de valor –industria, logística, comercio y servicios vinculados– el complejo agropecuario aporta cerca del 31% del PIB nacional y constituye uno de los principales motores del empleo, las exportaciones y el ingreso de divisas. No hablamos de un sector más; hablamos de una actividad estratégica para el presente y el futuro del Paraguay.
El Censo Agropecuario Nacional del 2022 registró 291.497 fincas agropecuarias en todo el país. Cada una representa una realidad distinta. Conviven grandes establecimientos, empresas familiares, cooperativas y pequeños productores. Esa diversidad demuestra que defender la producción es defender a miles de paraguayos que generan riqueza desde distintos modelos productivos.
El campo produce alimentos, genera divisas y crea empleo, pero también enfrenta riesgos permanentes. Sequías, inundaciones, incendios, fluctuaciones internacionales, problemas logísticos o el cierre de mercados pueden poner en peligro inversiones construidas durante años. Cuando la producción retrocede, no pierde solamente quien sembró o crió ganado: se resienten las exportaciones, el transporte, la industria, el comercio y las economías regionales.
Por eso necesitamos seguridad física y jurídica, infraestructura, energía, investigación, innovación, financiamiento, sanidad y apertura de mercados. No son privilegios. Son condiciones indispensables para competir, invertir y seguir generando oportunidades para el país.
La experiencia demuestra que el desarrollo rural exige políticas públicas estables, instituciones técnicas sólidas y una articulación permanente entre el Estado y los gremios de la producción. Cada mejora en productividad, cada nuevo mercado conquistado y cada avance sanitario terminan beneficiando a toda la economía paraguaya.
La ARP nació para representar al productor, pero su misión trasciende al sector. Cuando defendemos la sanidad animal, protegemos el prestigio internacional de nuestra carne. Cuando impulsamos infraestructura, acercamos oportunidades al interior. Cuando promovemos innovación y sostenibilidad, fortalecemos la competitividad del Paraguay. Y cuando defendemos al productor, defendemos también el empleo, la inversión, el arraigo y la soberanía nacional.
Esa seguirá siendo nuestra responsabilidad. Acompañar lo que se hace bien, señalar con firmeza lo que falta y trabajar para que el país siga creciendo desde la producción. Porque cuando el campo avanza, no avanza solamente un sector. Avanza el Paraguay.
(*) Presidente de la Asociación Rural del Paraguay


