Solidarios

Por Miguel Almada Frutos

| Por La Tribuna
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El 1 de agosto de 2004 cuando ocurrió la tragedia del Ycuá Bolaños, la mayor catástrofe de nuestra historia en tiempos de paz, me pilló en Areguá almorzando con mi familia.

El almuerzo se detuvo y todos nos aglomeramos frente a un pequeño televisor de 20 pulgadas para enterarnos que la humareda que anunciaba un incendio en un concurrido supermercado del populoso barrio Trinidad presagiaba algo mucho peor. El día se detuvo para todos los paraguayos y el que menos recuerda dónde estaba y qué hacía cuando aquello ocurrió.

La tragedia y su magnitud unió al Paraguay en un ovillo, y lo hizo como esta nación lo hace cuando las victorias o las desgracias nos visitan: con una solidaridad que es nuestra seña característica.

Solidario se puede ser en todo el mundo y en todos los tiempos, pero en este país adopta formas muy peculiares que le da a la virtud un barniz distintivo inconfundible, convirtiéndolo en una verdadera institución social.

Y es que las naciones —los pueblos me gusta más decir para apartarme del peligrosísimo epítome “nacionalista”, oscuro resabio de la Ilustración que tanto dolor desparramó en la humanidad— tienen señas de identidad que le dan contenido a las dimensiones temporal y cultural en la que se desarrollan su historia.

Los hay codiciosos y avaros, los hay generosos y desprendidos, los hay opresores y extractores, y también ambiguos y ambivalentes en sus valores. El nuestro es uno solidario porque nuestra tierra, nuestro clima y nuestra historia convirtió a ese valor en imprescindible para sobrevivir a su implacabilidad.

No somos solidarios porque somos buenas personas per se. Lo somos porque el entorno y nuestra historia nos hicieron entender que si no nos ayudábamos los unos a los otros, no comíamos, no bebíamos, no trabajábamos, no sobrevivíamos.

Aquí no tenemos riquezas, sino recursos naturales. Luego, no hay forma de hacerse ricos encontrando esmeraldas o extrayendo petróleo, sino solo explotando la tierra y aprovechando nuestros ríos y napas. Trabajando, en una palabra, para traer el pan de cada día con el sudor de la frente. Y vaya sudor el que se traspira en este país subtropical.

Ese trabajo, al no ser extractivo, no es solitario, sino comunitario. Y no en el sentido político del término comunidad, sino en el sociológico: aglomeración organizada de personas que procuran un fin que no podrían conseguir por sus propios medios.

Cuando sembrábamos algodón las cosechas eran una actividad comunitaria. Cuando engordábamos el ganado el cuidado en los campos comunales y la venta en el mercado o al carnicero de la zona, también lo eran. Fuimos comunidad porque era un requisito de supervivencia, y esa cualidad se convirtió en virtud humana y cuando la virtud es compartida por la mayoría, se convierte en un valor. Un valor social.

Ycuá Bolaños nos mostró hace 22 años que en la tragedia los paraguayos somos “uno” cuando se trata de ayudar a otro ser humano, sea paraguayo o extranjero. Desprendiéndonos de lo que haga falta para que el otro sobreviva, en la convicción forjada en siglos de formación de nuestra individualidad cultural, que ese otro haría exactamente lo mismo por nosotros.

Nuestro pueblo tiene muchas cosas que mejorar, pero ser solidarios hasta el extremo no es una de ellas.

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