Las desafortunadas expresiones de Luis Inácio Lula da Silva sobre Paraguay no son una simple salida de tono. Cuando un presidente brasileño habla de nuestro país con semejante ligereza, debería recordar que Brasil no es un espectador cualquiera de nuestra historia sino que fue protagonista, junto con Argentina y Uruguay, de la Guerra de la Triple Alianza, la tragedia que destruyó al Paraguay del siglo XIX y dejó una herida que ninguna generación paraguaya debe olvidar.
Por eso, que Lula vuelva a mirar al Paraguay desde una posición de superioridad resulta, como mínimo, irritante. Los paraguayos no aceptamos lecciones de quienes alguna vez contribuyeron a convertir nuestro territorio en un campo de muerte.
La historia no puede reescribirse según las conveniencias políticas del presente. Aquel Paraguay era una nación pujante, con una economía propia, desarrollo industrial y una creciente autonomía regional. La guerra terminó con aquel proyecto y dejó al país devastado. Para los paraguayos, esa memoria no es una herramienta de odio, es un recordatorio permanente de que la soberanía tiene un precio.
Y hoy aparece una paradoja que debería incomodar al mandatario brasileño.
Mientras Lula defiende desde Brasil un modelo político y económico de izquierda, cada vez más brasileños —empresarios, inversionistas, trabajadores y familias— miran hacia Paraguay como tierra de oportunidades y eligen instalar aquí sus negocios, capitales y proyectos de vida. No lo hacen por imposición paraguaya; lo hacen porque encuentran condiciones que consideran más favorables.
Ese fenómeno debería provocar reflexión en Brasil, no desprecio hacia Paraguay.
Lula puede defender el modelo que quiera para su país. Lo que no puede pretender es que Paraguay renuncie a su identidad, a su soberanía o a su memoria histórica para satisfacer su visión política.
Paraguay no necesita enemigos brasileños. Necesita respeto.
Y tampoco necesita responder a Lula con odio. La mejor respuesta será demostrar que este pequeño país, que sobrevivió a una guerra devastadora, puede levantarse nuevamente y convertirse en una de las economías más atractivas de la región.
Que nadie se equivoque, Paraguay se respeta.
Perdonar no significa olvidar. Y olvidar jamás será una obligación.

