Me gusta contar historias, porque ellas encierran lo que muchas veces dejamos pasar en medio del trajín cotidiano.
Y esta no empieza en un lugar oscuro ni en una habitación cerrada.
Tampoco empieza en una ruta perdida, arranca donde millones de personas comienzan y terminan sus días: en un teléfono.
Y comienza con un mensaje, quizás un saludo, una promesa oculta en la amistad o la seducción.
“Hola, ¿cómo estás?, vi tu perfil y creo que puedo ayudarte”.
Te voy a contar la historia de Antonella y del día que recibió una propuesta por redes sociales. Puede ser un trabajo, una posibilidad de ganar dinero o un viaje. Vos imaginá el contexto.
Nada parecía extraño. La persona que le escribía era amable, tenía fotos familiares y una cadena de fieles seguidores. Parecía confiable.
Ese es el nuevo rostro de una de las formas más crueles de violencia que existen: la trata de personas. Ya no siempre comienza con una persona desconocida en una esquina, muchas veces comienza con alguien que parece cercano, que creemos conocer. Con alguien que estudió nuestros gustos, nuestras necesidades, nuestras debilidades, y que, al final, entendió que detrás de una cuenta hay una persona buscando algo.
Puede ser un sueño, una oportunidad o un escape de casa porque vivir en familia a veces no es lo que esperamos. Los adultos y los jóvenes ya no hablamos el mismo idioma, no nos entendemos y es ahí donde aparece la trampa.
La trata de personas encontró en la tecnología una nueva puerta de entrada.
Las redes sociales se transformaron en un territorio donde los delincuentes pueden observar, acercarse y construir una falsa confianza antes de dar el golpe.
Es el mismo engaño, pero cambió de forma. Y, sin embargo, el objetivo sigue siendo el mismo: convertir personas en mercancía.
En Paraguay, los números muestran una realidad que duele.
El Ministerio Público registró entre 2019 y 2023 más de 450 causas relacionadas con trata de personas, con más de 1.200 víctimas asistidas. La mayoría fueron mujeres y una importante proporción correspondía a menores de edad.
Datos más recientes señalan que el 76% de las víctimas identificadas en el país son mujeres y que la mitad tiene menos de 18 años.
Esas son solo estadísticas, y a veces los números son fríos, pero detrás de cada número hay un nombre, una historia, una familia y cientos de sueños rotos.
En América Latina la realidad también preocupa. La trata sigue siendo uno de los delitos más lucrativos del mundo y las organizaciones criminales aprovechan las desigualdades, la pobreza, la necesidad laboral y la vulnerabilidad emocional para captar víctimas.
El informe global de Naciones Unidas sobre trata de personas advierte que las redes criminales continúan adaptando sus métodos y utilizando nuevos espacios, incluidos los entornos digitales, para captar y explotar personas.
Y detrás de esas pantallas hay alguien que sabe exactamente qué decir.
Ese es el verdadero peligro. Pero volvamos a Antonella.
Cuando empezó a investigar y a contar lo que le estaba ocurriendo, descubrió algo que pudo haber cambiado su destino: detrás de aquella identidad había una red que buscaba jóvenes para explotarlas. Lo que parecía una puerta hacia una nueva vida, era en realidad una puerta hacia una pesadilla.
Hoy los padres tienen que aprender a mirar las nuevas formas de peligro y los hijos deben comprender que no todo lo que aparece en una pantalla es real. Y todos nosotros tenemos que dejar de pensar que estas cosas solamente les pasan a otros.
Ya no es una novedad que la trata de personas no empieza cuando alguien desaparece; comienza mucho antes. Quizás solo con una estúpida frase:
“Hola, ¿te puedo ayudar?”. Pero esa… esa es otra historia.

