El Virus de la Confianza
Mike Silvero - Gerente de Estrategia Digital VMedia
Las charlas de sobremesa ahora se fundamentan en lo que se promueven dentro del ecosistema digital de los grupos de WhatsApp. Lo que antes era un espacio para compartir fotos de sobrinos, cenas, vacaciones, es ahora epicentro de circulación de rumores y a veces hasta pánico colectivo. El mayor drama es que la velocidad de un mensaje reenviado hoy es más potente que cualquier desmentido oficial, lo que hace que el ámbito privado y casi sin control sea donde se constituye un campo de batalla informativo.
“Algó pasó con Messi en la final del Mundo, no es normal el resultado”, señala un tío promoviendo alguna teoría de conspiración sin el más mínimo sustento. “La Copa estaba comprada para Argentina, sino no se explica esto”, antes publicó un sobrino, acompañado de una serie de tuits y videos, modificados con IA, o acomodados a la necesidad de un usuario desconocido que obtiene millones de likes y reposteos llamativamente con un empuje de inversión publicitaria.
Un análisis de MIT decía en 2018 que las mentiras corrían 70% más rápido que las verdades en la plataforma por ese entonces conocida como X. Hoy, 8 años después, eso se profundizó aún más. Es que el conflicto es mucho más atractivo que la plana y aburrida verdad.
Allí es donde se mezcla nuestra vida con la de los algoritmos. Si existe el sesgo conocido como efecto de verdad ilusoria, que lo que dice es que cuanta más veces vemos repetida una afirmación, es más probable que creamos que es cierta. ¿Cómo hacer para impedir que pase cuando detrás puede haber intereses que deliberadamente promuevan masivamente que se exponga una mentira?
Quien tenga la respuesta o solución se hace millonario.
Volviendo a la sobremesa, el fenómeno no es casual sino profundamente psicológico. En la intimidad del grupo familiar, debemos sumar la psicología del afecto, que juega un rol determinante. Eso quiere decir que le otorgamos validez automática a la información que proviene de un ser querido. La confianza personal en un tío, un primo o una abuela prevalece sobre el escepticismo crítico que aplicaríamos al leer un portal de noticias desconocido. Ponele.
No cuestionamos la veracidad del contenido porque, inconscientemente, no queremos cuestionar la buena fe de quien nos lo envía. Peor aún, si eso que están enviando coincide con lo que yo quiero creer, se convierte casi en una verdad absoluta.
Es cierto que X o Facebook promueven desde hace unos años espacios de discusión o alertas que la propia comunidad puede agregar en cuanto la información sea discutible, pero esa auditoría colectiva desaparece en WhatsApp, allí no hay supervisión posible. Un reenviado le saca el freno a la propagación de información no verificada.
Así, se sabotearon campañas de vacunación, se erosiona confianza en los procesos electorales, se generan olas de paranoia a nivel financiero, y más recientemente se lastima la transparencia de figuras del deporte. Es decir que el daño que se provoca trasciende la pantalla, afecta inicialmente a la persona, se extiende a su círculo cercano y así crece a la sociedad en la que vive.
Muchas personas esperan que la solución venga de la tecnología, pero quizás un primer paso sea parar la pelota. Cinco segundos de reflexión antes de reenviar algo. Cuestionar el origen, verificar y entender que lo que me llegó, independientemente de que sea de un ser querido, no es garantía de verdad.


