En las paredes de la ciudad alemana de Hamelín todavía hay una inscripción que dice que 130 niños desaparecieron para siempre (el 26 de junio de 1284) tras seguir a un flautista vestido de colores. Esta tradición oral, que fue recogida por los hermanos Grimm y se convirtió en parte fundamental de la literatura infantil, trató de explicar algo intrínsecamente ligado a la naturaleza humana de una forma folclórica, porque los niños desaparecieron, pero no hubo epidemia alguna de ratas, ni promesas de pago incumplidas, simplemente alguien explotó una debilidad natural, un “algo” que hizo que 130 personas decidieran olvidar su entorno seguro para irse tras él.
No hubo violencia, nadie forzó a nadie, el flautista simplemente tocó la flauta y ratas y niños lo siguieron. La música nada más atrajo, halló el deseo, no lo creó, conectó con el deseo interior y prometió exactamente lo que ratas y niños querían en ese momento y su único requerimiento fue una debilidad previa.
Eso mismo pasó con el contenido que pusimos en manos de nuestros hijos las últimas dos generaciones, sin atención, sin cuidado, sin mediación, sin acompañamiento. Internet (el flautista), simplemente tocó y la melodía (el contenido de redes, juegos, mensajeros) fue atrayendo cada vez más y más niños, mientras los adultos se tragaban el sedante moral de que “por haber nacido en esta generación” los chicos hacen un mejor uso de la tecnología que sus padres. El mecanismo de Hamelín funciona en el instintivo básico (ratas) o en el humano debilitado, y lo hace porque, como nunca antes, los fabricantes de flautas (las empresas de redes, videojuegos, mensajeros y cualquier cosa que se pueda reducir a una aplicación y recolecte datos) tienen información fundamental de las personas, como conducta, comportamiento, emocionalidad, hábitos, deseos; es decir, son capaces de ir mejorando su melodía y, a diferencia del flautista del cuento, lo han hecho conscientemente, diseñando un modelo de negocios que impactaría en los niños de una manera brutal, a tal punto que hoy hablamos de compromisos en el proceso cognitivo, de aprendizaje, socialización y crecimiento emocional afectados por las pantallas.
Todo esto ha pasado los últimos 20 años, pero ahora que hay estudios científicos hechos y decenas de países han vuelto a la enseñanza sin pantallas, los padres se rasgan las vestiduras porque el Estado quiere limitar que los niños accedan a contenido que es para ellos.
Quiero saber qué van a hacer cuando se enteren de que, en 1940, el psicólogo B.F. Skinner centró su investigación en perfeccionar el análisis experimental del comportamiento y la formulación científica del castigo y el condicionamiento operante, principios que hoy se aplican en videojuegos, apuestas en línea y redes sociales.
Lo que pasó en el Senado con el estudio de la ley de celulares en el aula, ya pasó en el cuento: “El alcalde permanecía inmóvil y el Consejo, como si se hubieran convertido en bloques de madera. Incapaces de moverse ni un paso, ni de gritar a los niños que pasaban saltando alegremente, solo podían seguir con la mirada a aquella multitud jubilosa que seguía al flautista”.
Miguel Ángel Gaspar
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