Hace unos días, mientras SpaceX tocaba la campana en el Nasdaq, Elon Musk se convertía en el primer ser humano en cruzar el millón de millones. Su fortuna combinada de Tesla y SpaceX alcanzó los 1,26 billones, una cifra muy superior al PIB de Paraguay y a la mayoría de los países. Lo que llama la atención en realidad es lo que el propio Musk repite con vehemencia: la economía sobre la que construyó su fortuna está al borde del colapso, a raíz de una deuda americana impagable y que el tren va directo al precipicio.
Intento entender la paradoja. El hombre más rico del momento, que amasó su fortuna gracias al capitalismo de innovación estadounidense, con su flexibilidad regulatoria y su tolerancia al riesgo, ese mismo hombre, desde adentro del sistema, nos avisa que el motor se está fundiendo. No es un conspiranoico de Twitter; es la persona que más provecho le ha quitado, con resultados a la vista.
¿Por qué un sistema que produce billonarios estaría por colapsar? Porque la fortuna de Musk no es síntoma de salud, sino de enfermedad. Cuando el dinero es barato, con tasas artificialmente bajas, emisión sin frenos, el capital huye hacia la escasez y hacia las apuestas más extremas. El dólar perdió cerca del 97% de su poder adquisitivo desde que nació la Reserva Federal en 1913. La deuda del gobierno americano ya no puede pagarse en términos reales y el único camino político de salida es el “default suave” vía inflación, imprimir hasta licuar lo que se debe. Las fortunas estratosféricas y la moneda que se desangra son las dos caras de la misma moneda.
Acá es donde quien manda imprimir nos pide que confiemos. El que tiene el monopolio de fabricar dinero de la nada nos asegura que esta vez sí lo va a controlar. Pero los bancos centrales nunca eliminaron las crisis; las corrieron hacia adelante y las hicieron más grandes. Cada rescate más voluminoso que el anterior, cada distorsión apilada sobre la anterior. Musk lo ve porque está parado sobre la falla.
Bitcoin es la salida de ese tren. No porque suba de precio, sino porque es el primer dinero de la historia cuyo techo de emisión nadie puede tocar; es decir, emisión programada, activos inviolables, anclados en energía y matemática en lugar de en la promesa de un funcionario. No tiene CEO al que presionar ni botón de impresión que apretar. Mientras el sistema fiduciario exige fe en quien acumula el poder de diluir, Bitcoin pide verificación. Nosotros, los paraguayos, no somos espectadores de esta historia, pues tenemos la energía abundante, disponible y renovable para convertir cada megavatio en el activo más duro que existe, justo cuando el dinero del mundo entero está buscando dónde refugiarse.
El hombre más rico de esta era mira la vía y ve el descarrilamiento. La pregunta no es si tiene razón, sino cuánto tiempo le queda al sistema como lo conocemos hoy y en el cual cientos de millones de personas confían ciegamente. Una crisis es inminente y la peor acción que podemos realizar es no actuar en consecuencia.


