“Por caminos ásperos hacia las estrellas”, decían los romanos, y pocas frases describen mejor la semana paraguaya. El Gobierno anunció el despliegue de 1.600 kits Starlink para conectar escuelas, centros de salud y comunidades aisladas, con foco en Chaco y zonas rurales. La cifra es contundente: más de 50.000 estudiantes y docentes accederían por primera vez a internet de banda ancha satelital, vía constelación de órbita baja, sin depender de tendido de fibra ni torres celulares, imposibles de justificar económicamente en geografías de baja densidad poblacional.
La ejecución corre por Mitic y Copaco, que meses atrás ya habían sellado una alianza piloto con Starlink. Para la estatal de telecomunicaciones, históricamente erosionada por la competencia privada, la deuda y la obsolescencia de su infraestructura cableada, esto es un salvavidas reputacional: pasa de operador rezagado a socio operativo de la red satelital más avanzada del planeta. Pero conviene no confundir relanzamiento institucional con soberanía tecnológica. Copaco no fabrica satélites, no controla el segmento espacial, no define los términos de servicio ni la jurisdicción de los datos que transitan por esos kits. Es, en el mejor de los casos, integrador local de una infraestructura crítica que pertenece, opera y gobierna SpaceX desde territorio estadounidense.
Aquí entra la soberanía digital, ese concepto que los gobiernos invocan cuando conviene y olvidan cuando firman. Conectar al Chaco es deseable y urgente; depender estructuralmente de un proveedor único, extranjero, para la conectividad de instituciones educativas y sanitarias del Estado es una decisión que exige contrapesos: marcos contractuales claros, planes de contingencia ante cortes de servicio, y, sobre todo, conciencia de que la infraestructura satelital es, también, infraestructura geopolítica.
Y si alguna duda quedaba sobre cuán rápido puede cambiar el tablero, esta misma semana Anthropic informó que el gobierno estadounidense emitió una directiva de control de exportaciones suspendiendo el acceso de ciudadanos extranjeros, dentro y fuera de EE.UU., incluidos sus propios empleados no estadounidenses a Fable 5 y Mythos 5, sus modelos de IA más avanzados. No hace falta ser alarmista para notar el patrón: las herramientas digitales más poderosas del mundo, ya sea conectividad satelital o inteligencia artificial de frontera, siguen residiendo bajo jurisdicción de un solo país, que puede reconfigurar el acceso de un día para otro invocando seguridad nacional.
Esto no es un llamado al aislacionismo digital paraguayo, sería absurdo y contraproducente. Es un recordatorio de que “conectividad” y “soberanía” no son sinónimos, y que cada antena instalada en el Chaco también es un nodo más en una red de dependencias que el Estado paraguayo apenas empieza a cartografiar.
Llegar a las estrellas está bien, pero conviene saber, mientras se asciende, quién controla la nave.
Gandhi dijo: “La verdadera soberanía no es el poder sobre los demás, sino el poder sobre uno mismo.”
Miguel Ángel Gaspar
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