Son las siete y media de la mañana y una fila interminable de vehículos avanza a paso de hombre por alguna avenida del área metropolitana. Podría ser Asunción, Luque, San Lorenzo, Lambaré o Fernando de la Mora. En realidad, el lugar importa poco porque la escena se repite con una precisión casi matemática. Los conductores miran el reloj, los motociclistas buscan espacios imposibles entre los autos, los pasajeros esperan colectivos que no llegan o que llegan demasiado llenos, alguien frena para esquivar un bache, alguien toca la bocina, alguien calcula mentalmente cuánto tiempo perderá antes de llegar a destino. No es una emergencia ni una catástrofe. Es simplemente un día cualquiera en una ciudad que parece haber normalizado el colapso como parte de su paisaje cotidiano.
Quizás por eso las elecciones municipales de este domingo deberían invitarnos a una reflexión más profunda que la habitual discusión sobre candidatos, encuestas o estrategias de campaña. Mientras la política se concentra en la disputa por los cargos, los ciudadanos conviven con problemas que dejaron de ser episodios aislados para convertirse en una forma de vida. El tránsito consume horas productivas y familiares, el transporte público sigue sin transformarse en una alternativa eficiente y las ciudades crecen muchas veces más rápido que la capacidad de quienes deben planificarlas. Son problemas tan visibles que ya ni siquiera ocupan los titulares. Forman parte del decorado.
Y tal vez allí aparezca una de las grandes paradojas de nuestra democracia. Durante décadas luchamos por consolidar el derecho a elegir libremente a nuestras autoridades. Era una tarea indispensable y sigue siendo una conquista que merece ser defendida. Pero una vez alcanzado ese objetivo, pareciera que olvidamos hacer la siguiente pregunta: ¿para qué elegimos?
Porque una democracia no alcanza su plenitud cuando organiza una elección. La alcanza cuando esa elección produce gobiernos capaces de mejorar la vida de las personas.
Con frecuencia confundimos democracia con procedimiento. Pensamos que el acto central ocurre frente a la urna y que todo lo demás pertenece al terreno de la gestión. Sin embargo, el voto otorga legitimidad, pero la gestión le da sentido. Una calle que deja de inundarse, un transporte público que funciona, un barrio mejor conectado o una administración transparente también son expresiones concretas de la democracia. Son la traducción práctica de una decisión tomada por los ciudadanos.
Por eso el desafío paraguayo ya no consiste solamente en garantizar elecciones libres. El desafío consiste en elevar la calidad de esa democracia. Pasar de la promesa al resultado, del discurso a la evidencia, de la campaña a la gestión. Entender que los ciudadanos no votan únicamente para elegir nombres, sino para resolver problemas.
Este domingo volveremos a cumplir con el rito democrático. Habrá urnas, papeletas, candidatos, festejos y derrotas. Pero cuando todo eso termine, cuando se apaguen los micrófonos y desaparezcan los carteles de campaña, seguirá allí la misma fila de autos avanzando lentamente por la ciudad, seguirán los pasajeros esperando el colectivo y seguirán los vecinos preguntándose por qué ciertas soluciones parecen demorarse tanto.
Porque la democracia necesita del rito.
Pero la calidad de la democracia se juega en el hecho.
El rito ocurrirá este domingo.
La democracia del lunes comenzará al día siguiente.

