Opinión

La campaña no empieza cuando se convoca a elecciones

Nahuel Ayala

| Por La Tribuna
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Uno de los errores más repetidos de la política es creer que la campaña empieza cuando se habilita el calendario electoral. En realidad, para quien ocupa un cargo público o aspira a ocuparlo, la campaña empezó mucho antes: el día en que decidió ser una figura pública. La ciudadanía no construye confianza en treinta días. La confianza se acumula o se pierde todos los días.

Hoy la política se mueve en una sociedad hiperconectada, fragmentada, impaciente y emocional. La gente consume noticias en medios tradicionales, clips en redes, comentarios de WhatsApp y relatos instalados por algoritmos. En ese ecosistema, quien no comunica de manera permanente deja que otros cuenten su historia. Y cuando un dirigente permite que otros definan su imagen, ya empezó perdiendo.

Una persona que ocupa un cargo debe entender que gobernar también es comunicar. No se trata de propaganda vacía. Se trata de explicar, rendir cuentas, mostrar resultados, escuchar reclamos y ordenar una narrativa. La gestión que no se comunica parece inexistente. Y la comunicación sin gestión termina siendo humo. El desafío está en unir ambas dimensiones: hacer, mostrar lo hecho y sostener una conversación pública con la ciudadanía.

En medios, un funcionario debe tener agenda propia. No puede aparecer solo cuando estalla una crisis o cuando necesita defenderse. Debe instalar temas, aportar datos, ofrecer soluciones y convertirse en fuente confiable. La prensa no debe ser vista solo como riesgo, sino como territorio de construcción pública. El político que solo busca aplausos evita las entrevistas incómodas; el que busca liderazgo se prepara para responderlas.

En redes, la lógica no es menos exigente. No alcanza con publicar flyers institucionales. Las redes piden rostro, criterio, cercanía y constancia. Un dirigente debe explicar en lenguaje simple qué está haciendo y cómo eso impacta en la vida cotidiana.

Para quien aspira a un cargo electivo, la campaña permanente es todavía más importante. No se puede pretender aparecer seis meses antes y pedir confianza como si la ciudadanía estuviera esperando. El aspirante debe construir autoridad antes de pedir votos y debe sostenerla con propuestas, recorridas, escucha, datos y presencia mediática.

La política moderna exige coherencia entre identidad, mensaje y conducta. Si alguien quiere ser visto como gestor, debe mostrar capacidad de resolver. Si quiere ser visto como renovador, debe demostrar ideas nuevas. Si quiere ser visto como defensor de la gente, debe estar presente cuando la gente tiene problemas, no solo cuando hay campaña. La comunicación no inventa liderazgo: lo revela, lo ordena y lo amplifica.

Una figura pública sin narrativa propia es un terreno baldío: cualquiera puede ocuparlo con sospechas, etiquetas o caricaturas. La mejor defensa reputacional no es reaccionar tarde, sino haber construido antes una relación de confianza con sectores sociales.

Por eso, la campaña permanente no debe entenderse como electoralismo permanente. No se trata de vivir pidiendo votos. Se trata de vivir construyendo legitimidad. El electoralismo agota; la legitimidad sostiene. El electoralismo promete; la legitimidad demuestra. El electoralismo aparece; la legitimidad permanece.

La ciudadanía ya no mira la política solo en campaña. La mira todos los días, desde una pantalla, una radio, un titular o una conversación. Por eso, el dirigente que entienda esta época no esperará al período electoral para aparecer. Sabrá que la verdadera campaña es la construcción diaria de confianza. Y que el voto no se decide en la urna: se decide mucho antes, en la memoria emocional que cada ciudadano fue formando sobre quién estuvo, quién habló claro, quién trabajó y quién solo apareció cuando necesitaba ganar.

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