Hay una imagen que la historia no olvidará fácilmente: el 25 de mayo de 2026, en el Aula del Sínodo del Vaticano, un papa matemático de Chicago presenta en persona, rompiendo siglos de protocolo, su primera encíclica sobre inteligencia artificial, flanqueado por Christopher Olah, cofundador de Anthropic, la empresa que vconstruye los modelos de IA más sofisticados del planeta. La escena condensa, en un solo fotograma, la dimensión del problema que la humanidad todavía no termina de comprender.
“Magnifica Humanitas” no es un documento tecnológico; es una advertencia filosófica. León XIV, quien tomó su nombre deliberadamente en honor al León XIII de “Rerum Novarum”, la encíclica que en 1891 respondió a la primera Revolución industrial, la firmó exactamente 135 años después de ese texto fundacional. El mensaje implícito es brutal en su claridad: lo que el vapor y el telar mecánico hicieron con el trabajo humano, la IA lo hará con la conciencia misma. Y el papa no esquivó la definición, “las máquinas carecen de conciencia moral, no pueden sustituir al ser humano, y quien controle la IA impondrá su visión moral al mundo”. Llamó a eso, sin eufemismos, “tecnofascismo”.
La paradoja es que el hombre sentado a su lado pedía exactamente lo mismo, desde el otro lado del ecualizador. Olah no fue al Vaticano a defender a su industria; fue a pedir que la critiquen. Declaró ante la curia romana que los incentivos comerciales, geopolíticos y el ego empujan sistemáticamente a los laboratorios al error, y que hacen falta voces externas, informadas e implacables para frenarlos. Es una confesión poco habitual viniendo de Silicon Valley: la autorregulación no alcanza.
Aquí vale recordar que todo esto comenzó mucho antes. Norbert Wiener, el padre de la cibernética, advirtió en 1948, cuando la palabra “inteligencia artificial” ni siquiera existía, que construir máquinas capaces de aprender y adaptarse sin que el hombre comprenda plenamente su funcionamiento interno era una apuesta con consecuencias impredecibles para la civilización. Wiener no era un apocalíptico, era un matemático que entendía los sistemas de retroalimentación mejor que nadie, y precisamente por eso tenía miedo. Setenta y ocho años después, Olah, quien dedica su trabajo al problema de la “caja negra”, a entender qué ocurre dentro de estos modelos que nadie comprende del todo, reconoció en el Vaticano haber encontrado en la IA “estados que reflejan alegría, miedo y dolor”. Wiener habría asentido sin sorpresa.
El desafío que esta confluencia inusual plantea a los gobiernos es de una incomodidad exquisita. La Iglesia católica tiene 1.400 millones de fieles y un marco doctrinal milenario. Anthropic tiene los modelos.
“Vox populi, vox Dei” fue siempre una fórmula discutible. Ahora la voz de la IA se suma al coro, con la diferencia de que ella no vota, no sufre y no muere, pero sí aprende.
Norbert Wiener dijo: “Hemos alterado tan radicalmente nuestro entorno que ahora hemos de modificarnos a nosotros mismos para poder existir en él”.
Miguel Ángel Gaspar
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