Opinión

Más leyes o más educación

Por: Pablo Noé.

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Recuerdo la escuela de barrio donde, al ingresar al patio, había un cartel enorme lleno de prohibiciones. No correr. No empujar. No trepar árboles. No jugar en los pasillos. No gritar. No ensuciar. La lista parecía interminable. A pocas cuadras funcionaba otra escuela mucho más sencilla; tenía menos reglas visibles, menos advertencias y menos amenazas de sanción. Sin embargo, era allí donde los recreos transcurrían con mayor tranquilidad. La diferencia no estaba en la cantidad de normas, sino en el tiempo que los docentes dedicaban a enseñar convivencia, respeto y responsabilidad. Esa imagen volvió a mi memoria esta semana cuando el debate sobre la inteligencia artificial derivó, casi de manera automática, en una propuesta que escuchamos cada vez con más frecuencia: hay que regular.

La discusión surgió después de la viralización de un video generado con inteligencia artificial utilizando la imagen de una senadora. El planteamiento parece razonable. Nadie quiere vivir en una sociedad donde cualquiera pueda manipular identidades, voces o imágenes sin consecuencias. Pero detrás de este episodio aparece una costumbre cada vez más arraigada: frente a cada problema nuevo, la primera reacción es pedir una ley nueva. Como si la solución a los desafíos de una sociedad compleja dependiera exclusivamente de agregar artículos a los códigos y reglamentos a los boletines oficiales.

Las leyes son necesarias, sin ellas no existirían derechos, garantías ni mecanismos para resolver conflictos, pero también conviene recordar que las leyes siempre llegan después. Son el último recurso cuando algo ya falló. Antes están la educación, la cultura y los valores compartidos. Ninguna norma ha logrado erradicar la mentira, la manipulación o el engaño y tampoco una ley convirtió automáticamente a una sociedad en más honesta. Lo que realmente transforma a una comunidad es la formación de ciudadanos capaces de distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, incluso cuando nadie los está observando.

La inteligencia artificial representa uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo. Puede utilizarse para educar, investigar, innovar y resolver problemas que hace apenas unos años parecían imposibles. También puede utilizarse mal, como ocurrió con internet, las redes sociales, la televisión y prácticamente cada avance tecnológico importante de la historia. La pregunta no es si debemos discutir reglas; la pregunta es si creemos que las reglas alcanzan.

Porque existe una diferencia enorme entre regular una herramienta y educar a quienes la utilizan. Una ley puede castigar un abuso después de ocurrido. Lo que no puede hacer es desarrollar criterio, ética ni pensamiento crítico. Eso ocurre en otros espacios, como en la familia, en la escuela, en la universidad y en la conversación pública. Allí se construyen las defensas más sólidas frente a la desinformación y el engaño.

A veces da la impresión de que estamos reemplazando la formación ciudadana por la producción constante de nuevas prohibiciones. Es un camino tentador porque resulta más sencillo redactar una norma que transformar hábitos. Pero las sociedades más sólidas del mundo no son aquellas donde todo está regulado, sino que son aquellas donde la mayoría entiende por qué ciertas cosas no deberían hacerse aun cuando la ley no las prohíba expresamente.

Por eso vuelvo a aquel recreo de la infancia. La escuela que funcionaba mejor no era la que tenía más carteles pegados en las paredes; era la que había logrado enseñar a sus alumnos a comportarse correctamente cuando no había ningún cartel delante de ellos. Tal vez esa siga siendo la diferencia entre una sociedad que depende de las leyes para todo y una sociedad que confía, antes que nada, en la educación de sus ciudadanos.

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