Opinión

Libre y soberano

Bruno Vaccotti Ramos

| Por La Tribuna
La independencia comenzó como una decisión silenciosa de gobernarnos a nosotros mismos; dos siglos después, la soberanía exige también controlar nuestro dinero, nuestra energía y nuestro destino productivo.

En la madrugada del 14 al 15 de mayo de 1811, un grupo de patriotas decidió que era el momento de reclamar la independencia, sin disparar un tiro, sin batalla épica ni meses de guerra civil, ni un libertador extranjero llegando a salvarnos. Fue un acto de determinación colectiva, silencioso y preciso: un pueblo que decidió gobernarse a sí mismo porque ya tenía la convicción de que podía. Nuestro proceso independentista fue quizás el más orgánico de todo el continente. No lo exportó ningún caudillo, no lo financió ninguna potencia y no lo ganó la violencia. Lo ganó la claridad de ideas y un norte claro.

Doscientos quince años después, la pregunta incómoda es si realmente completamos esa soberanía. Políticamente, sí: bandera, escudo, himno, pasaporte. Aunque la soberanía tiene otra dimensión, más silenciosa y más cotidiana que los discursos patrios y la selección de fútbol. Un pueblo que no controla su dinero no controla su tiempo. Un pueblo que no controla su tiempo no controla su destino. Ese principio los patriotas del 14 y 15 de mayo lo entendieron sobre el poder político. Sigue pendiente extenderlo al poder monetario y de recursos productivos.

Aunque hablamos de una de las monedas más fuertes de la región, el guaraní pierde valor año a año, no de forma dramática sino de la más peligrosa; la imperceptible. La inflación estructural no genera titulares de crisis pero erosiona el ahorro de quien trabaja, el capital de quien invierte, la planificación de quien intenta construir un futuro. El sistema fiduciario global fue diseñado exactamente para esto: transferir riqueza, de manera legal y sin declaración de guerra, desde quien guarda dinero hacia quien lo emite. El dólar perdió alrededor del 97% de su poder adquisitivo desde 1913. El guaraní tiene su propia historia de erosión. No fue volatilidad. Fue un diseño de transmisión silenciosa de riqueza a quienes imprimen, no a quienes generan los procesos productivos.

Bitcoin es la respuesta a una pregunta muy específica: ¿puede existir un dinero que nadie pueda imprimir, confiscar ni manipular? La respuesta lleva dieciséis años demostrándose. Es el primer sistema monetario en la historia con un techo de emisión matemáticamente garantizado, veintiún millones de unidades, ni una más. No existe banco central que pueda modificar esa regla, esa escasez programada es la propiedad monetaria más importante que existe, la única que protege verdaderamente al que produce. Aquellos que digan que eso no es soberanía monetaria no entendieron ni lo uno ni lo otro.

Tenemos una posición extraordinaria para entenderlo antes que otros. Tenemos energía abundante, disponible y renovable. Tenemos industrias de minería Bitcoin que ya aportan más de 120 millones de dólares anuales a la Ande y atrajeron más de 1.600 millones en inversión en los últimos años. Tenemos el precedente de haber construido algo propio cuando el resto del continente miraba hacia afuera. Lo que falta es extender esa misma claridad de nuestros próceres al campo monetario.

Libre y soberano no es una frase para el acto cívico, es un proyecto que todavía estamos a tiempo de terminar.

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