En el mismo mes en que el presidente Santiago Peña firmaba en Taipéi un memorándum para construir el que se anuncia como uno de los mayores centros de inteligencia artificial del mundo, Peter Thiel, cofundador de Palantir Technologies, se sentaba en Mburuvicha Róga para conversar sobre las oportunidades que Paraguay ofrece al capital privado. Dos noticias, un solo diagnóstico: protección de la soberanía digital.
El acuerdo con Taiwán tiene su atractivo innegable, la fórmula es elegante en su simplicidad: tecnología taiwanesa más energía paraguaya, financiamiento 50/50, modelo binacional que evoca, con cierta audacia, al espíritu fundacional de Itaipú. El proyecto bautizado “Yguazú Digital” contempla en su fase final una demanda de hasta 1.000 megavatios y la figura jurídica de una “Embajada de Datos Digitales”, cuyos servidores gozarían de inmunidades diplomáticas, es decir, un complejo de datos con estatuto de extraterritorialidad dentro del territorio nacional. ¿Tiene Paraguay músculo jurídico y técnico para proteger esta figura?
Luego está Palantir. Para quien no la conozca, es la empresa de análisis masivo de datos fundada en 2003 con respaldo directo del fondo de inversión de la CIA, y cuyo nombre proviene de las piedras videntes de Tolkien, aquellas que permitían ver lo que otros no debían ver.
Palantir construyó plataformas de vigilancia para agencias de inteligencia estadounidenses, contratos con ICE para rastrear y deportar migrantes, y más recientemente ha publicado un manifiesto corporativo que algunos analistas califican sin eufemismos de “tecnofascista”. Su cofundador, por otra parte, tiene en el haber una frase que merece ser subrayada: “ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.
Seamos precisos, ambos hechos son relevantes, pero uno va en contramedida del otro si no hay un rumbo tecnológico definido que posicione al país como “Dueño de sus datos”. La inversión en infraestructura tecnológica es una necesidad real, y Paraguay tiene un activo legítimo en su matriz energética limpia y barata. El problema no es la tecnología. El problema es la ingenuidad o la indiferencia con la que se negocian los términos de esa tecnología.
La soberanía digital no se proclama en un tuit presidencial. Se construye en los contratos, en los marcos regulatorios, en quién controla los datos, en qué jurisdicción se resuelven los conflictos y en qué valores sostenemos a quienes nos ofrecen la mano. Un país puede tener la energía más barata del continente y seguir siendo, digitalmente, aquel hijo mayor de edad que nunca se va de la casa.
Paraguay necesita cuidar de Paraguay. Y entender, de una vez, que lo digital también es real y si hay algo que me enseñaron a fuego en mi estadía en Taiwán es que la resiliencia no se improvisa.
En palabras de nuestro Himno Nacional: “Ni opresores ni siervos alientan, donde reinan unión e igualdad”.
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