Los datos muestran una realidad compleja. Según el INE, en 2024 Paraguay tenía alrededor de 1,5 millones de jóvenes de 15 a 29 años, equivalentes al 25,4% de la población. De ellos, el 64,3% vive en áreas urbanas y el 35,7% en áreas rurales. Es decir, estamos hablando de una generación enorme, no de una minoría marginal. El futuro productivo, familiar y social del país depende directamente de ella.
Ahora bien, esa juventud no parte desde una plataforma cómoda. El 18,4% de los jóvenes paraguayos, unas 275.067 personas, está en situación de pobreza. Además, solo el 23,5% cuenta con seguro médico, lo que revela una fragilidad concreta: muchos jóvenes no tienen redes materiales suficientes para independizarse, enfermarse, formar familia o proyectar una vida estable.
A eso se suma el problema laboral. En 2024, la informalidad afectó a aproximadamente 1.522.000 personas en Paraguay. Entre los jóvenes de 15 a 19 años, el nivel de ocupación informal superó el 91,1%. Dicho de forma simple: muchos jóvenes no están rechazando la carrera laboral por capricho; muchas veces ni siquiera ingresan a un mercado que les ofrezca carrera, jubilación, estabilidad o movilidad real.
Pero reconocer esa precariedad no debe convertirse en absolución automática. Porque también hay un dato cultural que pesa: 7 de cada 10 jóvenes de 15 a 29 años son solteros y solo cerca de 2 de cada 10 viven en pareja, ya sea unidos o casados. En cuanto al matrimonio formal, en 2024 se registraron 17.357 matrimonios en todo el país, y la mayor concentración aparece entre mujeres de 25 a 29 años y hombres de 30 a 34 años.
También cambia la relación con los hijos. Las proyecciones del INE muestran que la tasa global de fecundidad bajó de 3,45 hijos por mujer en 2001 a 2,32 en 2024. Incluso un análisis del INE con revisión 2025 advierte que la tasa actual ya estaría en 1,92 hijos por mujer, por debajo del nivel de reemplazo poblacional de 2,1.
Entonces, ¿es cultura del rendimiento o excusa para no ir más allá? La respuesta honesta es: ambas cosas conviven.
Sí, hay una cultura del rendimiento que enferma. Las redes le muestran a un joven de 22 años una vida editada: autos, viajes, físico perfecto, dólares, emprendimientos, parejas ideales y éxito instantáneo. Pero ese joven vive en un país donde la informalidad es alta, el acceso a vivienda es difícil, la salud privada es cara y la carrera laboral no siempre premia el esfuerzo.
Pero también existe la cultura de la excusa. Algunos jóvenes transforman todo obstáculo en identidad. No hacen carrera porque “la empresa explota”. No ahorran porque “igual no alcanza”. No se comprometen porque “todo es relativo”. No forman familia porque “primero hay que estar perfecto”. No asumen responsabilidades porque “el sistema está mal”. Y así, lo que empezó como una crítica legítima termina siendo una coartada para la inmadurez.
El problema no es rechazar el mandato absurdo de ser millonario a los 25. Eso es sano. El problema es confundir no ser exitoso joven con no construir nada. Paraguay no necesita jóvenes humillados por gurúes del rendimiento, pero tampoco necesita jóvenes cómodos en la queja permanente.
La salida está en recuperar la idea de proyecto. Proyecto no es casarse por presión, tener hijos por obligación o quedarse treinta años en una empresa sin futuro. Proyecto es dirección: estudiar, trabajar, aprender un oficio, mejorar ingresos, cuidar vínculos, ahorrar aunque sea poco, hacerse cargo de la propia vida.
No estás obligado a ser exitoso joven. Pero sí estás obligado a crecer. En Paraguay, con todas sus dificultades, esa diferencia puede marcar el destino de una generación.


