Aquella mañana, seguramente como tantas otras, alguien en Paraguay llevó a su hijo a la escuela apurado. Le acomodó el uniforme, le dio un beso rápido y salió a trabajar creyendo que las garras de la mafia nunca llegarían tan lejos. Marcelo Pecci también era un padre joven. Un hombre con grandes sueños, que entendió demasiado pronto que perseguir al crimen organizado en Paraguay significaba acercarse peligrosamente a estructuras de poder enormes, oscuras y profundamente infiltradas. Probablemente imaginaba un futuro bastante simple: trabajar, cuidar a su familia y volver a casa. Pero terminó pagando con su vida justamente esa tarea: investigar, incomodar y acercarse demasiado a intereses capaces de operar más allá de cualquier frontera.
Pasaron cuatro años del asesinato que estremeció al Paraguay y expuso una verdad incómoda: las mafias ya no se esconden. Operan, financian, infiltran y golpean incluso fuera del país cuando sienten amenazados sus intereses. Aquella playa en Colombia no fue solamente la escena de un homicidio. Fue un mensaje para fiscales, jueces, policías, periodistas y para cualquier estructura institucional que todavía crea que enfrentar al crimen organizado no tiene consecuencias reales.
Desde entonces hubo detenidos, condenas parciales y conferencias de prensa. Pero la sensación colectiva sigue intacta: la historia nunca terminó de cerrarse. Porque cuando un fiscal antimafia es asesinado y la sociedad sigue sin conocer plenamente quién ordenó el crimen, algo del Estado queda herido para siempre. Y quizá lo más peligroso sea la costumbre. Paraguay corre el riesgo de acostumbrarse demasiado rápido a convivir con el narcotráfico, el lavado de dinero y las estructuras criminales infiltrando espacios de poder como si ya fueran parte natural del paisaje nacional.
Ese es el verdadero triunfo de las mafias: la normalización. Que la sociedad deje de escandalizarse. Que el miedo se vuelva rutina. Que la sospecha permanente de impunidad ya no sorprenda a nadie.
Por eso, cuatro años después, la verdadera discusión ya no debería centrarse solamente en el recuerdo de Marcelo Pecci, sino en el país que estamos construyendo para quienes vienen detrás. Porque el verdadero desafío pasa por dejarles a nuestros hijos una sociedad donde el crimen no tenga más poder que la ley, donde investigar, denunciar o simplemente trabajar no se convierta en un riesgo permanente.
El hijo de Marcelo Pecci merece crecer en un Paraguay donde la verdad tenga más fuerza que la impunidad. Pero también lo merecen los hijos del policía que patrulla de madrugada, del periodista que investiga, del médico que vuelve tarde a casa y de tantos paraguayos que cada mañana salen a pelearla creyendo todavía que este país puede ser mejor.
Porque al final, la deuda no es solamente con Marcelo Pecci. La deuda es con todos los que todavía esperan vivir en una patria donde el coraje no se pague con la vida.

