Hace días, en una obra cerca de mi casa, un grupo de albañiles intentaba colocar un piso que simplemente “ndoguapyi”. Lo levantaban, volvían a medir y golpeaban despacio sobre la superficie para auscultar el sonido.
Conversando con ellos, explicaron algo interesante: no siempre el problema reside en el pegamento o en la calidad del material. En este caso, la plancha quedó demasiado alta; por eso, tuvieron que volver a lijar y nivelar todo el terreno antes de intentarlo otra vez.
La escena parece mínima, casi insignificante. Pero hay algo profundamente parecido a la vida en esa necesidad de volver atrás para corregir el nivel antes de seguir construyendo. Porque muchas veces, las personas hacemos exactamente lo contrario, seguimos avanzando incluso cuando algo, claramente, quedó mal asentado. Lo hacemos por orgullo, por cansancio o simplemente porque detenerse implica aceptar que algo necesita rehacerse. En una época donde todo parece exigir velocidad, detenerse para corregir se siente, erróneamente, como un fracaso.
Sin embargo, hay realidades que no pueden sostenerse sobre desniveles. Relaciones que se arrastran desde el desgaste, personas funcionando al límite de su resistencia o familias intentando sobrevivir emocionalmente mientras aparentan una estabilidad de catálogo. Todo parece estar en movimiento, pero internamente el engranaje no termina de encajar.
El problema es que lo desparejo, tarde o temprano, se nota. No importa cuánto se intente cubrir o decorar encima, el desgaste aparece. Hay estructuras que no necesitan más fuerza ni más material, sino corrección. Necesitan volver a nivelarse antes de seguir acumulando peso innecesario.
Tal vez ahí resida una de las lecciones más difíciles de aceptar, volver atrás no siempre significa retroceder. A veces, es el único camino para hacer bien algo que se intentó sostener demasiado rápido.
Los albañiles lo entendieron perfectamente, antes de colocar nuevamente el piso, había que lijar, bajar el nivel y sanear la base. No porque no supieran trabajar, sino justamente porque sabían que ignorar el desnivel hoy solo haría que la falla fuera catastrófica mañana.
Tal vez la vida tenga bastante de eso, hay momentos donde seguir empujando no alcanza. Primero hay que tener la honestidad de volver a nivelar lo que quedó desparejo allá adentro.


