Opinión

Verdad, poder y doble moral: el discurso de los que se dicen impolutos

Por: Pablo Noé.

| Por La Tribuna
Análisis sobre la pérdida de influencia y el refugio en la moralidad de quienes se creen dueños de la verdad.

En el barrio había uno así. No pedía la palabra: la tomaba. Mate en mano, dictaba sentencia sobre todo, marcaba quién estaba bien y quién no, y durante años fue referencia obligada. Pero no era solo eso: además de creerse dueño de la verdad, siempre se jactó de ser impoluto. Intachable. Como si su historia no tuviera una sola mancha.

Y el barrio, claro, escuchaba… pero también recordaba.

Con el tiempo, el barrio cambió. Aparecieron otras voces, otras formas, gente que ya no pedía permiso para opinar. Y lo que antes era centralidad empezó a diluirse. Ya no alcanzaba con levantar la voz ni con repetir certezas. Entonces hizo lo que mejor sabía hacer: reforzar su personaje. No cualquier personaje. El único que le permitía seguir ocupando espacio sin explicar demasiado: el del impoluto.

De pronto, se volvió guardián de la moral. Exige coherencia absoluta, señala cada error ajeno y habla de valores con tono de manual. Un salto curioso: de opinador influyente a fiscal de la pureza. Como si nadie recordara. Porque el barrio tiene memoria: conoce sus silencios estratégicos, sus giros oportunos, sus verdades acomodadas según la conveniencia del momento. Pero ahora eso no importa. Lo que está en juego no es la verdad, es el lugar.

Y cuando ese lugar tambalea, la moral se convierte en refugio.

Entonces levanta el dedo, endurece el discurso y reparte certificados de conducta. No para ordenar nada, sino para sostenerse. Porque perder hegemonía duele, y más cuando uno se acostumbró a que nadie le discutiera. Pero ya no alcanza. La gente escucha, sí, pero también compara. Ya no confunde volumen con razón ni compra relatos de impecabilidad justo cuando alguien empieza a perder poder.

La ironía es bastante evidente: cuanto más se esfuerza en parecer intachable, más expone la necesidad de cubrir su propia historia.

Por eso, para el que está en ese trance —ese momento incómodo en el que la centralidad se escapa—, una sugerencia simple: menos relato y más memoria. Bajá el tono, revisá tu historia y asumí lo que sos. Porque en los barrios, como en la vida, no hay nada más ruidoso que alguien intentando sostener su pureza cuando todos ya conocen sus contradicciones.

Y eso, por más que se disfrace, ya no se sostiene.

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