Opinión

Periodismo paraguayo: entre redes sociales y algoritmos, la esencia resiste

La primera vez que entré a una radio de mañana entendí que la realidad siempre llega despeinada. Afuera la ciudad recién se acomodaba la camisa: cole…

| Por La Tribuna

La primera vez que entré a una radio de mañana entendí que la realidad siempre llega despeinada. Afuera la ciudad recién se acomodaba la camisa: colectivos llenos, bocinas impacientes, gente desayunando de pie y apurando el día antes de empezarlo. Adentro, en cambio, todo ya estaba corriendo. Sonaban teléfonos, entraban mensajes, el operador peleaba con varias pantallas a la vez y el productor repetía esa frase clásica de cualquier estudio: “esto acaba de cambiar todo”. Cinco minutos después, efectivamente, todo volvía a cambiar.

Durante años, la radio fue una brújula bastante simple. Te despertabas, prendías el aparato y alguien te ordenaba el caos: qué pasó, qué importa, qué mirar primero. Había errores, claro. Nunca faltaron. Pero existía una secuencia razonable entre hecho, noticia y conversación. Después llegaron las redes sociales y la realidad decidió volverse anfibia.

Hoy una noticia puede nacer en la calle, explotar en X, deformarse en WhatsApp, indignar en TikTok y recién después tocar la puerta de una radio. A veces el periodista ya no recibe el dato; recibe la versión del dato, la interpretación del dato y tres conspiraciones listas para consumo inmediato. Antes se chequeaba para publicar. Ahora muchas veces hay que publicar para desmentir lo que ya se viralizó mintiendo.

Las redes trajeron cosas valiosas. Democratizaron voces, rompieron monopolios, permitieron denunciar abusos y mostrar historias que antes no encontraban micrófono. Negarlo sería pereza intelectual. Pero también instalaron una lógica feroz: velocidad antes que contexto, impacto antes que precisión, emoción antes que evidencia. Lo importante compite en desventaja frente a lo escandaloso. Y lo falso suele llegar mejor vestido, mejor editado y con subtítulos.

Ahí la radio conserva una virtud antigua: todavía puede acompañar mientras piensa. Tiene algo humano que los algoritmos no fabrican del todo. Una voz que duda, pregunta, repregunta, contextualiza y corrige en tiempo real sigue siendo valiosa en un ecosistema lleno de certezas instantáneas. La radio no siempre gana en volumen, pero puede ganar en criterio.

Eso sí: también cambió para sobrevivir. Ya no alcanza con salir al aire. El estudio convive con cámaras, recortes virales, títulos para redes, métricas, comentarios furiosos y la obligación de existir en varias pantallas al mismo tiempo. El viejo periodista de cabina hoy también mira tendencias, trolls y estadísticas como si hubiera estudiado ingeniería social sin saberlo.

Por eso, si buscás una profesión tranquila, lógica y agradecida, no estudies periodismo. Vas a trabajar contra el reloj, contra el algoritmo y a veces contra gente que opina sin leer ni escuchar. Y, sin embargo, sigue valiendo la pena.

Por eso recuerdo aquella mañana. Cambiaron las pantallas, cambiaron las plataformas y cambió la velocidad del mundo. Pero dentro del estudio sigue pasando casi lo mismo: alguien busca entender, alguien pregunta, alguien chequea y alguien enciende un micrófono para contarle a los demás qué está ocurriendo. La tecnología cambió todo alrededor. La esencia, casi nada.

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