Opinión

Reflexiones de Semana Santa en el Paraguay

Por: Miguel Almada Frutos

| Por La Tribuna
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Tradiciones de Semana Santa en Paraguay.

La Semana Santa en nuestro país es un momentazo del calendario porque hinca en todos los aspectos de nuestra cultura: desde la religiosidad a la gastronomía, pasando por el solaz que familia y amigos ofrecen “en la campaña”. Porque sí, la Semana Santa en el interior del país no es un elemento del conjunto, sino una característica del mismo porque está en la misma naturaleza de lo que estos días son y significan para los paraguayos.

No escribiré sobre la chipa, sobre el tatakua o la importancia que la familia o los amigos tienen para nosotros. Lo haré sobre la religiosidad popular y su complicada relación con la moralidad de nuestra sociedad.

Porque claro, siempre que asistimos a los concurridísimos Domingos de Ramos, los lavatorios de pies de los Jueves Santos, a las 7 palabras del Viernes Santo, la misa del Gallo del Sábado Santo o la de Pascuas del Domingo de Gloria, vemos la sencilla, amable y ferviente piedad popular de nuestra gente contrastar con sus evidentes problemas de coherencia de vida entre el católico piadoso de la Semana Santa y el pícaro ciudadano del resto del año.

El paraguayo que sin despeinarse es capaz de asistir contrito a los oficios religiosos y ser infiel a su pareja o violento en su hogar o pokare en su actividad cotidiana o proclive a los excesos alcohólicos o alimenticios, o todo -y todo- al mismo tiempo.

Este rasgo, el de la doble vida, que se repite en Iberoamérica con bastante asiduidad, tiene, en mi opinión, una probable explicación en el modo en que nos llegó la fe, y, a través suyo, la moral y las buenas costumbres. Porque si bien es cierto fe y moral son realidades distintas, cada cual con sus propias universidades, doctores y manuales, en el cristianismo tienen un vínculo inseparable porque aquí no solo se construye una cosmovisión que nos hace conocer a Dios y nos enseña cómo relacionarnos con él, sino que incorpora un código moral que determina qué costumbres se esperan de nosotros en nuestro trato con nosotros mismos y con los demás.

Y la fe en América nos llegó primero y sustancialmente desde los franciscanos, quienes evangelizaron a indios y mestizos por igual.

Los jesuitas, recordemos, radicaron sus reducciones en las fronteras del imperio, lejos de las grandes ciudades, allí donde había que evangelizar a los más indefensos, pero también poner el pie del gobernador en zonas inexploradas y, por lo mismo, sin ninguna demarcación entre españoles y portugueses, por lo que el límite era la propia reducción. Luego, su influencia en el conjunto de la faena de anunciar el Evangelio fue relevante más por sus signos externos que por su legado en las conciencias de los evangelizados.

El que la fe nos haya sido fundamentalmente legada por los franciscanos, ha determinado nuestra gran religiosidad, pero escasa espiritualidad. Nuestra gran piedad, pero deficiente formación de conciencia, y esto porque el carisma de aquellos es el de enseñar la fe (y la moral) con y desde gestos exteriores: la pobreza, el amor al prójimo y la alabanza a Dios a través de ritos hablados, gestos marcados en procesión, y la celebración de fiestas del calendario religioso donde el canto y la música tenían -y tienen- un sitio preeminente.

Nos llegó así una forma de vivir la fe que se tenía que ver, que se tenía que verbalizar, pero al que no acompañó la enseñanza de meditarla en la oración, de enriquecerla con una formación que ahonde la superficialidad del recitado del “Padre Nuestro” o el persignado frente a una imagen de la Virgen, que fue lo nos enseñaron en las catequesis franciscanas -o de calado franciscano-. Y cuando la fe no se medita, la conciencia no se forma, se relaja y se convierte en una plastilina que aprieta donde y cuando el individuo lo decide; no cuando la moral cristiana impone.

La labor de los franciscanos fue inmensa y rica en sus frutos. Vaya que lo fue que seguimos haciendo lo mismo hace 500 años en Semana Santa, por lo que el talón de Aquiles de la escasa espiritualidad que ha sido su efecto no deseado, no debe menoscabarla.

Al fin y al cabo, transmitieron la fe y la moral con el lenguaje que conocían, el de su carisma, y lograron lo que con él se podía lograr: que nos digamos católicos y hagamos cosas exteriores que los demás puedan reconocer como de católicos, aunque nos cueste horrores vivir interiormente como tales.

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