Hace unos años, no tantos, me pasó algo que en ese momento no supe leer del todo. Estábamos cerrando un programa, de esos en los que uno todavía sentía que lo que salía al aire tenía un peso específico, un tema sensible, chequeado, trabajado con ese cuidado casi artesanal que antes tenía el oficio. Al terminar, un productor me mostró su celular: el mismo tema ya estaba circulando en un grupo de WhatsApp, pero en otra versión, más simple, más directa, más emocional y, sobre todo, más creíble para la gente. No era mejor, no era más preciso, pero corría más rápido y conectaba más fácil. Ahí entendí —aunque me costó admitirlo— que algo había cambiado.
Durante mucho tiempo, la comunicación fue un territorio relativamente acotado, no por elitismo sino por estructura. Había filtros, editores, tiempos de verificación. El periodista no era dueño de la verdad, pero sí de un proceso que ordenaba lo que circulaba, que separaba lo importante de lo accesorio, lo comprobable de lo dudoso. En Paraguay, como en tantos otros lugares, ese sistema tenía defectos, intereses y presiones, pero también tenía algo que hoy empieza a escasear: responsabilidad. Hoy ese esquema no está en crisis, está roto. La tecnología hizo lo que siempre promete: abrir el juego, democratizar herramientas y permitir que cualquiera pueda emitir, opinar e instalar agenda. El teléfono se volvió estudio, la red social canal y el algoritmo editor. En ese nuevo ecosistema, el periodista dejó de ser un intermediario necesario para convertirse en una voz más, compitiendo en un mercado donde la atención vale más que la precisión.
Ahí aparecen los influencers, no como una anomalía, sino como la consecuencia inevitable de este cambio. Entendieron antes que muchos medios algo básico: la gente no busca información, busca identificación; no busca datos, busca alguien que le hable como piensa o como quiere pensar. El problema es que en ese proceso se diluyen los límites entre informar, opinar y simplemente amplificar. En Paraguay lo vemos todos los días: un video mal explicado tiene más alcance que una cobertura sólida, un audio sin fuente pesa más que una investigación, no porque la gente sea ingenua sino porque el sistema premia lo rápido, lo emocional y lo compartible. La agenda pública ya no se organiza por relevancia sino por circulación, y en ese ruido el periodismo quedó incómodo, atrapado entre degradarse para competir o sostener su estándar al costo de volverse irrelevante.
La discusión, en el fondo, no es entre periodistas e influencers. Es sobre qué tipo de conversación pública queremos tener. Porque cuando todo el mundo comunica, alguien tiene que explicar; cuando todo el mundo opina, alguien tiene que ordenar; cuando todo es urgente, alguien tiene que frenar. El problema es que eso no siempre es viral, y el algoritmo no premia la pausa ni la duda. El otro día, en un bar, escuché a un grupo resolver un tema complejo del país en diez minutos, entre cerveza y certezas, con argumentos contundentes y conclusiones rápidas, sin matices ni preguntas incómodas. Salí de ahí con una sensación incómoda: esa misma conversación, sin filtro ni contexto, probablemente hoy tendría más alcance que cualquier análisis serio. Y tal vez ahí esté el verdadero cambio. Podemos transmitir en vivo desde cualquier lugar, opinar en tiempo real y llegar a cualquier audiencia. Pero cada vez nos cuesta más algo mucho más básico: entendernos, incluso cuando hablamos más que nunca.


